miércoles, diciembre 15, 2010

El brillo de tus ojos

Escribo estas palabras siendo consciente de que tu recuerdo, como suele ser habitual en mí, ha podido ser idealizado y que tan solo se trate de un efecto psicológico que persigue ofrecerme una visión menos realista de la realidad para seguir obteniendo energías en el duro día a día.

Aquella mañana en la que tus ojos y los míos se juntaron por primera vez me sentí algo nervioso, temeroso de no sé muy bien qué, inseguro de no transmitir tampoco sé muy bien qué. No nos conocíamos en persona, habíamos intercambiado un par de palabras a través de estos nuevos medios en los que Cupido ha invertido. Hablo de Cupido, perdona mi atrevimiento, porque aquella mañana sin saber muy bien el motivo no me dirigía simplemente a reencontrarme con una persona y conocer una nueva.

Por esa incomprensible tendencia al suicidio emocional que llevo años practicando, un par de imágenes tuyas y unas cuantas frases me habían ayudado a generar a tu alrededor todo un retrato genético de tu cuerpo y sobre todo de tu alma. Tal vez el sueño que tuve una vez, y que provocó una reacción en alguien no muy alejada de ti y con quien me reencontré aquella mañana, no fue del todo desacertado, tal vez pude soñar contigo sin ni siquiera haberte visto en persona.

Aquella fue la primera vez que nos vimos en persona o al menos yo a ti. Y es que recuerdo haber estado en tu casa, incluso me vienen a la mente una frase "se han escondido porque una de ellas te ha visto en foto y le gustas". Nos podríamos haber conocido mucho antes, o mejor dicho nos podríamos haber visto mucho antes. Porque conocerse es otra cosa, ahora puedo afirmar que pocas veces llegas a conocer a las personas. Pero ese momento finalmente no se produjo.

Te vi, os vi, desde lejos, demasiado lejos para estos ojos que poco a poco van sufriendo los años. Y luego el tráfico de la ciudad me mantuvo a la espera durante algunos segundos, eternos para mi, en los que tuve tiempo de pensar qué diría, en los que tuve tiempo de pensar si a caso era necesario decir algo. El hombrecillo del semáforo estaba quiero y en rojo, parecía como si quisiera mofarse de mí. "¿No te parece ridículo estar pensando qué decir?, ¿a caso crees que esperan algo de ti?, ¿esperas tú algo de ella?" Y la verdad es que no esperaba gran cosa, como mucho que mis elevadas expectativas no se vieran truncadas en aquella primera vez. No esta vez, no otra vez.

Hombrecillo verde. ¿seré de otra galaxia? No es la primera, ni será la última vez que lo piense. En un mundo en el que todo parece moverse por frivolidades, me siento minúsculo, casi inexistente cuando la gente me habla de sus pensamientos y acciones. A veces pienso si están siendo ellos mismos, la mayoría de las veces siento que simplemente tratan de seguir un papel para no quedar apartados del bullicio. Para alguien como yo que no cree en divinidades, la única fe que puedo depositar es en el ser humano. Y por todo ello muchas veces siento angustia, desasosiego, vértigo, porque no sé si tengo fé en una especie que no existe, o si no existo para una especie que no tiene fé.

El encuentro contigo fue algo especial. Intercambio de palabras, risas, energías deslizándose por todo mi cuerpo. Todas ellas reflexivas, positivas, nuevas, regeneradoras. Recuerdo sentirme en paz por ser capaz de conectar con un pensamiento atípico, milagrosamente atípico. Reconstituyentemente atípico. Y hay una sensación que recuerdo de aquel par de horas que pasamos juntos: tus ojos. Y no sabría decirte el color, como casi siempre, pero sé que brillaban, que brillaban mucho pero no por lo que estaban mirando (o esa no fue la sensación que percibí) sino por lo que proyectaban desde el interior. Y recuerdo que dejando metáforas a un lado, brillaban tanto que hubo un momento en el que tuve que dejar de mirarlos porque me cegaban. Fue una sensación increíble y a la vez aniquiladora. Y es que para un romántico con alas como yo, aquellos rayos de luz que se escapaban por tus pupilas pueden iluminar este corazón sediento durante miles de vidas.

No he sido capaz de olvidar el brillo de tus ojos. Debe ser que no puedo dejar de pensar en ellos a pesar de que al hacerlo soy consciente de la locura que cometo. Si me preguntan diré que no es más que la locura de un ciego.