martes, junio 24, 2008

A la hora exacta

¿corbata azul o roja? Estúpida elección para alguien que como yo trabajó en una corbatería durante más de cuarenta años, pero siempre resulta más fácil escoger la corbata para otra persona que para uno mismo ya que en el segundo caso te suelen venir a la mente probabilidades que como mero espectador desconoces. Una de esas posibilidades es que la persona para la cual estás intentando ponerte lo más elegante posible prefiera un color u otro. Aún así seguía resultando estúpida la elección y la duda ya que carecía de información suficiente para saber si a ella le gustaba más el rojo o el azul.
Finalmente me decanté por la roja que resaltaba más sobre mi camisa blanca y mi chaqueta negra. Además fue con una corbata roja como conquisté a mi mujer cuando nos vimos por primera vez en las fiestas de Mengarejo. ¡Qué bella estaba aquel día! Aún hoy puedo recordar cada uno de los volantes de su falda y cómo se deslizaban entre sí al son de una música que escandalizaba a los mayores del pueblo.
Faltan cinco minutos para las seis y media de la tarde. Ya estoy vestido y tan solo me falta echarme unas gotitas de “Azucena” en el cuello. Salgo de casa con destino el bar “La elipse”. Llevo haciendo este trayecto once años, los mismos que resido en Basi. Al principio “La elipse” era el lugar de recreo en el que mataba el tiempo jugando a las cartas con Jero y Alfredo. Ahora el tiempo lo ha matado a los dos así que me dedico a escribirles cartas como estas a los dos en las que realidad y ficción se entremezclan para fingir una aparente normalidad.
Hoy hay toros por lo que el forum es algo mayor de lo habitual. No he sido nunca un gran seguidor de los toros, no porque sea de esos que se oponen a la fiesta nacional defendiendo los derechos del animal, pero la muerte del toro me recordaba siempre a la de mi tío Tomás atravesado por una haz. Dicen que los recuerdos de la infancia son para siempre quizá por ello me enamoré de mi mujer cuando la vi bailando, ya que trajo a mi mente imágenes de mi madre bailando a escondida de mi padre que siempre afirmaba que “una mujer bailando es como una gata en celo”.
“Ginés, ponme lo de siempre”. Es lo bueno de ir siempre al mismo lugar que con una frase tan sencilla no tienes que explicarle al camarero si quieres el café con más o menos leche, la temperatura a la que deseas que te lo sirva. Es posible que acudiendo a otros bares podría conocer a diferentes personas, pero les voy a decir una cosa a estas alturas de mi vida les puedo asegurar que en todos los bares del mundo encuentras siempre a las mismas personas: el solitario, el de la maquina, el comentarista político, el comentarista deportivo, el que cuenta chistes malos, el que huye de su mujer, y así un par de ejemplares más. Luego lo único que cambian son los nombres, el resto de las historias son todas iguales. Desde aquí propongo a esas mentes que dirigen cadenas de televisión que los castings para grandes hermanos los hagan en los bares y la audiencia se disparará, así como el presupuesto en vino y cerveza.



El bolígrafo empieza a estar húmedo, no porque se esté poniendo cachondo sino porque el sudor empieza a destilar por mi mano fruto del nerviosismo por ver acercarse la hora de su llegada. Hoy voy a ser un hombre y me voy a acercar a saludarla, no voy a permitir que de nuevo el de los malos chistes se me adelante con alguna falsa galantería. Lo tengo todo pensado, me acercaré y le pediré si puedo acompañarla en su ratito de soledad, ella aceptará seguro pues varias veces nuestras miradas se han cruzado entre servicio y servicio de Ginés.

Es la hora y ella entra como siempre con una gran sonrisa por la puerta, saluda a los habituales incluido a mi mismo dedicándome un descenso de la cabeza y una sonrisa, pide a Ginés como cada tarde un zumo de tomate “bien fresquito” y sube las escaleras que le llevan al piso superior. Es mi momento, ahora soy yo el que tiene que reaccionar, me levanto, me dirijo hacia la barra, me detengo, me surge la duda, miro con el rabillo del ojo hacia las escaleras, mi viejo corazón late con fuerza, siento un mareo, el sudor de mis manos se extiende al resto de mi cuerpo, ha llegado el momento, es mi último momento y llega como siempre a la hora exacta.

domingo, junio 15, 2008

Una fiesta entre copas: Parte 2

Diana trataba, detrás de los contenedores de basura, de ahogar su llanto para que nadie se diese cuenta que a escasos metros de allí alguien se permitía el lujo de expresar sus sentimientos. Además casi podríamos decir que tenía la necesidad de actuar así ya que la situación de su estado sentimental era “ilegal”. Diana lloraba por Luis Silva, hijo del cabeza de familia y futuro sucesor del imperio Silva. Su relación con Luis estaba a punto de cumplir los dos años pero nadie en la familia sabía de ella, de manera oficial Diana conseguía el permiso de estancia en casa de los Silva por pasar como amiga especial de Arturo, amigo de Luis. Durante esos dos años Luis encontró todo tipo de excusas para aplazar el anuncio de su relación lo cual llevaba siempre a Diana a pensar que él se avergonzaba de ella por ser una chica de barrio, de origen, trayecto y destino humildes.
Aquella noche Luis le prometió que iba a anunciar a sus padres que ellos dos eran novios, que se querían y que tenían pensamiento de contraer matrimonio. De nuevo Diana volvió a sentir la emoción por el momento tan esperado, esta vez su chico no iba a fallarle, iba a gritar al mundo entero lo que sentían el uno por el otro, pero de nuevo Diana no contó con la aparición de un personaje más importante: el poder.
La fiesta tenía un motivo, dar una noticia, pero no la que Diana había soñado. Fernando Silva iba a anunciar a todos sus amigos y conocidos que iniciaba la retirada, que sus tiempos como agresivo empresario tocaban a su fin y que era el momento de dar la alternativa a una nueva generación: la de sus hijos. Claudia Silva, su hija, tomaría las riendas del Departamento de Comunicación en el que ya trabajaba, y Luis Silva pasaría a ser el Director General del Grupo Silva.
Como podréis imaginar este anuncio era en sí tan relevante que no había cabida para otro por pequeño que éste fuera. De nuevo su relación con Diana había sido menos importante que la familia, el dinero o el prestigio social. De nuevo Diana se sentía como lo que contenían aquellos contenedores. Intenté consolarla, hablamos profundamente sobre le que nos pasaba a ambos, incluso llegamos a soltar alguna risa que trataba de soltar lastre. Cuando todo parecía ya olvidado, cuando casi se podría decir que ambos habíamos decidido dar un paso al frente y olvidar los sentimientos por los que nos habíamos encontrado en aquel escondido lugar, apareció Luis Silva con cara de angelito, casi dando pena, como si él fuese un esclavo de las normas que marcaba la sociedad a la que pertenecía.
Diana sucumbió de nuevo a las excusas de él y juntos se marcharon entre los árboles del hermoso parque particular. Nunca más supe nada de Diana pero imagino que el final a su historia no fue el que ella hubiese soñado ya que la literatura nunca es bonita cuando el que la escribe es Poderoso Caballero “Don Dinero”.
Yo me acabé el último cigarro y regresé al interior a ocupar mi lugar en aquella fiesta, entre copas.

sábado, junio 14, 2008

Una fiesta entre copas (Parte 1)

“Perdone, ¿no quedan canapés?”. Estas fueron las palabras más repetidas a lo largo de aquella noche en la mansión de los Silva. Una familia del norte que habían venido a Madrid a confirmar su situación económica, a codearse con los grandes ricos de la villa de Madrid que suelen ser los grandes ricos del país. Se puede decir que su situación era bastante similar a la mía, yo también había venido a Madrid a confirmar mi situación, solo que en mi caso era una situación artística y se podría decir que esta no era de tanto éxito como la económica de los Silva.
No llegué a averiguar exactamente a qué tipo de negocio se dedicaba Fernando Silva, fundador de la fuente de dinero, padre de la familia y perfecto anfitrión de aquella fiesta. Me gustaría poder decir que fue un hombre simpático con los que aquella noche trabajamos en el servicio de su fiesta pero ni puedo afirmar esto, ni tampoco lo contrario. Lo cierto es que sólo se dirigió a mi para decirme “perdone, necesitamos por aquí más canapés”.



Aquella noche estaba bastante nervioso al principio ya que era la primera vez que trabajaba de camarero en una fiesta para gente vip en el mundillo económico. Tenía miedo a no saber estar a la altura, a tropezarme con algo o alguien y estropear un vestido que costara como cincuenta noches trabajando de camarero para gente vip del mundillo económico. Pero en todo momento sentí el apoyo de María, el motivo real de que yo estuviera allí, amiga de la Universidad y hermana de Rodrigo, el novio de mi hermano.
Los asistentes a aquella fiesta vestían todos de manera muy elegante, demostrando la posición que ocupaban en la vida, tratando de transmitir no sólo con la ropa que llevaban sino también en la manera de llevarla que no era invitados de un invitado sino que ellos eran miembros honorarios de aquel tipo de fiestas.
Aquella pudo ser una noche más en la vida de muchos de los asistentes, para otros era el marco perfecto para cerrar algún acuerdo o concertar alguna reunión con alguno de los allí presentes para dar el pelotazo de su vida. Banqueros, políticos, constructores, periodistas y hasta un duque, especuladores todos de la vida ajena. Todos ellos movidos por la avaricia, por el deseo de nadar en la abundancia, buscadores de invitados para sus propias fiestas y de inversores para sus propias arcas. Pero entre todas aquellas personas había un hueco para el amor, para la naturalidad, una esperanza para la humanidad de que a veces lo puro puede vencer al artificio, a lo falso, a la ausencia de sentimientos. Esta esperanza se llamaba Diana.
Diana y yo nos encontramos no sólo física sino también sentimentalmente. La primera vez que la vi no pude evitar prejuzgarla con un “pobre niña rica” que en realidad era un “rica niña. ¡Pobre!”. Yo había salido a fumarme un cigarrillo en el que buscaba un poco de desahogo, de desconexión de María que se encontraba a escasos metros flirteando con el bajista del grupo que había sonorizado la noche. En aquellos momentos solo deseaba que aquella noche acabase cuanto antes y poder marcharme a casa, creía ser el ser más infeliz del mundo, pero como siempre la vida nos muestra que no somos el eje alrededor del cual gira todo.