Recuerdo lo nerviosa que estabas cuando volví de las vacaciones navideñas y lo que disfruté en los días previos a éstas preparando tus regalos. Recuerdo tus miradas en la noche de fin de año aún estando bajo los efectos sedantes del tío JB. Recuerdo los celos incontrolables hacia franceses y suizos y cómo ese sentimiento me llevaba a odiar a personas a las que no conocía. Recuerdo miles de discusiones que tuvimos y el horrible sentimiento de profundo dolor por una vez más haber dicho o escuchado cosas que nunca debieron salir de nuestras bocas. Recuerdo el día en que decidí abrirme a ti y contártelo todo y cómo siempre había un problema que lo evitaba. Y por supuesto recuerdo el día en que te escribí un email para decirte que ante la dificultad para hacerlo en persona no me quedaba otra que hacerlo por ese medio. Recuerdo al día siguiente de haberte enviado el email que discutimos por unos aros de cebolla y yo estaba seguro que aquello era tu reacción al contenido del mismo cuando en realidad se trataba de un día bajo los efectos de las nubes grises. Recuerdo tu cara al día siguiente de esa discusión, mucho más cercana, algo más picara y recuerdo ese "ayer leí tu email". Recuerdo la conversación que vino después y cómo por un momento mi corazón hacia un pum, pum, pum, diferente al habitual como si por él no fluyera sangre sino el agua que emana la mismísima fuente de la vida. Recuerdo cómo fueron sucediendose los días y yo no podía dejar de pensar que aquello iba a acabar como en los cuentos de hadas. Recuerdo cómo un extraño sentimiento se apoderó del cuento y poco a poco todo fue cambiando y el sol ya no brillaba porque una oscura nubecita se lo impedía. Recuerdo cuando volvimos a hablar del tema, acostados frente a frente bajo los ojos de un tímida bombilla que iluminaba diagonalmente una parte de tu cara y cómo aquella noche no dormí sobre mi colchón sino encima de una estrella. Recuerdo cómo los momentos buenos dejaron paso a los malos. Recuerdo cómo poco a poco comenzamos a separarnos y a penas podía sentirte. Recuerdo ir caminando por las calles de la Gran Ciudad con tu brazo agarrado al mío simulando que te sucedía lo mismo que a los protagonistas de la peli que acababámos de ver y cómo aquel instante me pareció inmejorable. Recuerdo cómo tus abrazos me resultaban fríos y aquello se me clavaba bien adentro. Recuerdo miles de segundos dedicados en mi pensamiento a tu mirada, tu sonrisa, tu pelo, tus labios, tus bellas manos con sus para mi inmejorables deditos. Recuerdo lo bonito que era poder ver reflejada la luz de la pantalla de cine en tus ojos en mitad de la oscuridad. Recuerdo cómo deseaba besar cada uno de tus barros. Recuerdo cómo comencé a sentir que ya no podía volver a empezar, que no había vuelta atrás, que habíamos perdido aquello que un día sí tuvimos, aquello que era suficiente para los dos. Recuerdo cuando después de muchos meses mi cuerpo necesitó derramar lágrimas y cómo aquello me alivió y a la vez me advirtió de que definitivamente algo no iba bien en mi alma. Recuerdo cuando entre mi brazo derecho y yo nos dimos cuenta, aunque él ya hacía tiempo que lo sabía, que había llegado el momento de alejarme físicamente de ti. blog destinado a que un don nadie como yo pueda permitirse volar sin rumbo fijo
miércoles, junio 17, 2009
Recuerdos
Recuerdo el día en que te conocí, eras una compañera de clase de mi amigo y también compañero de piso. Una chica de muy lejos que por lo visto buscaba un piso de manera desesperada porque debía salir del que ocupaba. Recuerdo que cuando entraste al piso ya sentí ese primer fuerte latido que suelo sentir cuando creo estar viendo la tapa de otro cuento de fantasía. Recuerdo que empezaste a hablar con mi amigo y a penas si reparaste en mi presencia hasta que decidí llevar un poco las riendas de la entrevista. Recuerdo que me preguntaste a qué me dedicaba y me dijiste que por el aire de mi manera de vestir daba el perfil de ese mundo en el que desde hace un año intento abrirme camino. Para mí el casting había terminado. Ya tenías mi voto y lo único que tuve que hacer fue conseguir el del resto y así fue. Recuerdo que quise ser yo mismo el que te llamara cuando lo normal hubiese sido que lo hiciera quien ya te conocía, pero lo cierto es que aún sintiendo en aquellos momentos algo por otra chica ya habías empezado a atraerme y de ahí a tenerme a tu disposición era cuestión de tiempo y de convivencia. Recuerdo que el Verano fue poco a poco calentando ese sentimiento y con la llegada del otoño me convertí en una hoja más y caí rendido a tus pies, iniciándose así una larga historia en la que la confianza fue poco a poco ganando terreno y el amor hacia ti se disparó hasta límites insospechados. Recuerdo que durante semanas disfruté jugando contigo en algo que a mí me parecía el inicio de una bonita historia de amor. Recuerdo jugar a deslizarte por debajo de la puerta un CD que tú me devolvías. Recuerdo jugar al escondite por el pasillo ante la mirada de nuestros compañeros. Recuerdo un día que volvíamos de compras en la máquina de hierro y estuviste varios minutos con tu cabecita apoyada sobre mi hombro.
Recuerdo lo nerviosa que estabas cuando volví de las vacaciones navideñas y lo que disfruté en los días previos a éstas preparando tus regalos. Recuerdo tus miradas en la noche de fin de año aún estando bajo los efectos sedantes del tío JB. Recuerdo los celos incontrolables hacia franceses y suizos y cómo ese sentimiento me llevaba a odiar a personas a las que no conocía. Recuerdo miles de discusiones que tuvimos y el horrible sentimiento de profundo dolor por una vez más haber dicho o escuchado cosas que nunca debieron salir de nuestras bocas. Recuerdo el día en que decidí abrirme a ti y contártelo todo y cómo siempre había un problema que lo evitaba. Y por supuesto recuerdo el día en que te escribí un email para decirte que ante la dificultad para hacerlo en persona no me quedaba otra que hacerlo por ese medio. Recuerdo al día siguiente de haberte enviado el email que discutimos por unos aros de cebolla y yo estaba seguro que aquello era tu reacción al contenido del mismo cuando en realidad se trataba de un día bajo los efectos de las nubes grises. Recuerdo tu cara al día siguiente de esa discusión, mucho más cercana, algo más picara y recuerdo ese "ayer leí tu email". Recuerdo la conversación que vino después y cómo por un momento mi corazón hacia un pum, pum, pum, diferente al habitual como si por él no fluyera sangre sino el agua que emana la mismísima fuente de la vida. Recuerdo cómo fueron sucediendose los días y yo no podía dejar de pensar que aquello iba a acabar como en los cuentos de hadas. Recuerdo cómo un extraño sentimiento se apoderó del cuento y poco a poco todo fue cambiando y el sol ya no brillaba porque una oscura nubecita se lo impedía. Recuerdo cuando volvimos a hablar del tema, acostados frente a frente bajo los ojos de un tímida bombilla que iluminaba diagonalmente una parte de tu cara y cómo aquella noche no dormí sobre mi colchón sino encima de una estrella. Recuerdo cómo los momentos buenos dejaron paso a los malos. Recuerdo cómo poco a poco comenzamos a separarnos y a penas podía sentirte. Recuerdo ir caminando por las calles de la Gran Ciudad con tu brazo agarrado al mío simulando que te sucedía lo mismo que a los protagonistas de la peli que acababámos de ver y cómo aquel instante me pareció inmejorable. Recuerdo cómo tus abrazos me resultaban fríos y aquello se me clavaba bien adentro. Recuerdo miles de segundos dedicados en mi pensamiento a tu mirada, tu sonrisa, tu pelo, tus labios, tus bellas manos con sus para mi inmejorables deditos. Recuerdo lo bonito que era poder ver reflejada la luz de la pantalla de cine en tus ojos en mitad de la oscuridad. Recuerdo cómo deseaba besar cada uno de tus barros. Recuerdo cómo comencé a sentir que ya no podía volver a empezar, que no había vuelta atrás, que habíamos perdido aquello que un día sí tuvimos, aquello que era suficiente para los dos. Recuerdo cuando después de muchos meses mi cuerpo necesitó derramar lágrimas y cómo aquello me alivió y a la vez me advirtió de que definitivamente algo no iba bien en mi alma. Recuerdo cuando entre mi brazo derecho y yo nos dimos cuenta, aunque él ya hacía tiempo que lo sabía, que había llegado el momento de alejarme físicamente de ti.
Recuerdo lo duro que fue tomar aquella decisión por todo lo que suponía, por todo lo duro que iba a ser y está siendo y por todos los cambios que en mi vida supondrían. Recuerdo en todo lo que pensé en cómo eso te afectaría y cómo sabía que tú no lo verías así. Recuerdo lo duro que fue decírtelo y cómo tuve que contenerme las lágrimas. Recuerdo lo duro que fue decirte una y otra vez que ya había tomado una decisión y que no podía seguir. Recuerdo cada uno de los sentimientos que tuve mientras hacía mi maleta y cómo mi corazón brincó cuando escuché la puerta y el sonido típico de tus pasitos. Recuerdo tu cara, mirándome mientras terminaba mi maleta y cómo me decía que me quedara. Recuerdo que no quisiste despedirte aquella noche y tuve que esperar hasta la mañana siguiente, hasta tu último intento porque me quedara. Recuerdo aquel último abrazo que nos dimos y te recuerdo alejándote por el pasillo en aquella última vez que nos vimos. Recuerdo cómo se me escapó un lágrima cuando el tren inició su marcha y con ella la mía y cómo todos estos y muchos más pensamientos me vinieron en esos momentos a través de miles de diapositivas que forman ese álbum de sentimientos que ahora eres tú. Te sigo recordando y te recordaré pero ahora necesito abrir un nuevo álbum, con nuevas imágenes, nuevas ideas, nuevos proyectos, del que espero muy pronto formes parte ocupando un nuevo lugar en el que todos estos recuerdos no sean más que parte del pasado y tus nuevas diapositivas me vuelvan a traer un cielo despejado sin nada más allá que el simple horizonte.
Recuerdo lo nerviosa que estabas cuando volví de las vacaciones navideñas y lo que disfruté en los días previos a éstas preparando tus regalos. Recuerdo tus miradas en la noche de fin de año aún estando bajo los efectos sedantes del tío JB. Recuerdo los celos incontrolables hacia franceses y suizos y cómo ese sentimiento me llevaba a odiar a personas a las que no conocía. Recuerdo miles de discusiones que tuvimos y el horrible sentimiento de profundo dolor por una vez más haber dicho o escuchado cosas que nunca debieron salir de nuestras bocas. Recuerdo el día en que decidí abrirme a ti y contártelo todo y cómo siempre había un problema que lo evitaba. Y por supuesto recuerdo el día en que te escribí un email para decirte que ante la dificultad para hacerlo en persona no me quedaba otra que hacerlo por ese medio. Recuerdo al día siguiente de haberte enviado el email que discutimos por unos aros de cebolla y yo estaba seguro que aquello era tu reacción al contenido del mismo cuando en realidad se trataba de un día bajo los efectos de las nubes grises. Recuerdo tu cara al día siguiente de esa discusión, mucho más cercana, algo más picara y recuerdo ese "ayer leí tu email". Recuerdo la conversación que vino después y cómo por un momento mi corazón hacia un pum, pum, pum, diferente al habitual como si por él no fluyera sangre sino el agua que emana la mismísima fuente de la vida. Recuerdo cómo fueron sucediendose los días y yo no podía dejar de pensar que aquello iba a acabar como en los cuentos de hadas. Recuerdo cómo un extraño sentimiento se apoderó del cuento y poco a poco todo fue cambiando y el sol ya no brillaba porque una oscura nubecita se lo impedía. Recuerdo cuando volvimos a hablar del tema, acostados frente a frente bajo los ojos de un tímida bombilla que iluminaba diagonalmente una parte de tu cara y cómo aquella noche no dormí sobre mi colchón sino encima de una estrella. Recuerdo cómo los momentos buenos dejaron paso a los malos. Recuerdo cómo poco a poco comenzamos a separarnos y a penas podía sentirte. Recuerdo ir caminando por las calles de la Gran Ciudad con tu brazo agarrado al mío simulando que te sucedía lo mismo que a los protagonistas de la peli que acababámos de ver y cómo aquel instante me pareció inmejorable. Recuerdo cómo tus abrazos me resultaban fríos y aquello se me clavaba bien adentro. Recuerdo miles de segundos dedicados en mi pensamiento a tu mirada, tu sonrisa, tu pelo, tus labios, tus bellas manos con sus para mi inmejorables deditos. Recuerdo lo bonito que era poder ver reflejada la luz de la pantalla de cine en tus ojos en mitad de la oscuridad. Recuerdo cómo deseaba besar cada uno de tus barros. Recuerdo cómo comencé a sentir que ya no podía volver a empezar, que no había vuelta atrás, que habíamos perdido aquello que un día sí tuvimos, aquello que era suficiente para los dos. Recuerdo cuando después de muchos meses mi cuerpo necesitó derramar lágrimas y cómo aquello me alivió y a la vez me advirtió de que definitivamente algo no iba bien en mi alma. Recuerdo cuando entre mi brazo derecho y yo nos dimos cuenta, aunque él ya hacía tiempo que lo sabía, que había llegado el momento de alejarme físicamente de ti. lunes, junio 15, 2009
¿volamos?
¿Era hoy cuando partía nuestro avión?, anoche antes de acostarme revisé bien que no me olvidaba nada de meter en la maleta, que tenía en regla todos los documentos necesarios para nuestro viaje y por un momento miré por mi ventana al horizonte como si quiera despedirme de manera indefinida de todo ello. Porque anoche de verdad sentía que ayer era nuestra última noche en esta ciudad, bueno al menos en un largo tiempo, y que por fin nuestra vida comenzaría a tomar un rumbo de altura y juntos, cogidos bien fuerte de la mano nos dispondríamos a trazar un nuevo sendero sin saber muy bien hacia donde dirigirnos, casi como lo hemos ido haciendo hasta ahora.
Pero hoy finalmente ese avión ha despegado con dos asientos vacíos, el tuyo y el mío, y en ese mismo instante he sentido en mi estómago la misma presión que cada uno de los pasajeros del mismo. He sentido que me dejaba en tierra y desde la pista he ido observando cómo poco a poco se alejaba de mi, rumbo a su destino y he sentido que algo de nosotros sí había embarcado en ese vuelo. Pronto los agentes de seguridad han ido a por mi para indicarme que no podía estar allí abajo y amablemente me han acompañado a la terminal donde me he sentado durante más de una hora a observar cómo uno tras otro despegaban los aviones, llenos de pasajeros y maletas, de sueños y anécdotas que contar algún día dentro de muchos años. Aquella sala estaba llena de pantallas en las que informaban de inminentes llegadas y salidas. Yo estaba en el lugar de inicio de otros sueños, de nuevos proyectos de vida, de nuevas ilusiones y de repente aquella energía me ha hecho darme cuenta que ese avión tenía un destino pero frente a mi la pantalla me ofrecía cientos de destinos a los que poder volar y construir algo nuevo.
Lo que menos me importa ahora es por qué no hemos cogido ese avión sino si realmente queremos seguir volando. Y mi respuesta es que sí, que en cuanto formalice los papeles que tengo pendientes quiero volar aunque sea a pie, aunque sea con pequeñas cometas de papel, pero quiero sentir algo de aire fresco en mi cara y respirarlo bien profundo y sentir todos los momentos vividos por aquellas partículas y devolverlas a su hábitat para que una vez regeneradas vuelvan a soplar bajo las alas de otro soñador e impulsarlo hacia el cielo.
Pero hoy finalmente ese avión ha despegado con dos asientos vacíos, el tuyo y el mío, y en ese mismo instante he sentido en mi estómago la misma presión que cada uno de los pasajeros del mismo. He sentido que me dejaba en tierra y desde la pista he ido observando cómo poco a poco se alejaba de mi, rumbo a su destino y he sentido que algo de nosotros sí había embarcado en ese vuelo. Pronto los agentes de seguridad han ido a por mi para indicarme que no podía estar allí abajo y amablemente me han acompañado a la terminal donde me he sentado durante más de una hora a observar cómo uno tras otro despegaban los aviones, llenos de pasajeros y maletas, de sueños y anécdotas que contar algún día dentro de muchos años. Aquella sala estaba llena de pantallas en las que informaban de inminentes llegadas y salidas. Yo estaba en el lugar de inicio de otros sueños, de nuevos proyectos de vida, de nuevas ilusiones y de repente aquella energía me ha hecho darme cuenta que ese avión tenía un destino pero frente a mi la pantalla me ofrecía cientos de destinos a los que poder volar y construir algo nuevo.
Lo que menos me importa ahora es por qué no hemos cogido ese avión sino si realmente queremos seguir volando. Y mi respuesta es que sí, que en cuanto formalice los papeles que tengo pendientes quiero volar aunque sea a pie, aunque sea con pequeñas cometas de papel, pero quiero sentir algo de aire fresco en mi cara y respirarlo bien profundo y sentir todos los momentos vividos por aquellas partículas y devolverlas a su hábitat para que una vez regeneradas vuelvan a soplar bajo las alas de otro soñador e impulsarlo hacia el cielo.
miércoles, junio 10, 2009
Un poco de un poquito
Cuatro horas y veintidós minutos de la tarde. Treinta y cinco grados a la sombra. Ningún rastro de sombra. Cualquier ser humano razonable estaría en estos momentos resguardado en casa pero a los ochenta y cuatro años poca gente llega con la cabeza muy cuerda y mi abuelo llevaba ya muchos años jugando a la locura. Y digo jugando porque, si bien ahora sí parecía mostrar claros síntomas de desorientación mental, durante muchos años había estado jugando con mi padre y conmigo al despiste.Zahíra - ¿Abuelo seguro que la tumba de la abuela estaba por aquí? – le pregunté , entre mareos, intentando encontrar entre los dos el lugar al que nos dirigíamos antes de que un sofoco se lo llevara a él también.
Abuelo - Es que esto está muy cambiado, hija mía. ¿seguro que me has traído al cementerio que te he dicho? -
Zahíra - Abuelo, no hay otro cementerio. Es aquí, pero a lo mejor estás un poco desorientado porque imagino que en quince años habrá cambiado mucho -
Abuelo - Claro, estos hijos de puta han especulado hasta con los terrenos del cementerio. Podíamos vender mi parcela y con el dinero que nos dieran te podrías ir de viaje por ahí fuera, a donde tu quieras. Y así descansabas de nosotros. -
Zahíra - Abuelo, creo que va a ser mejor preguntarle a alguien de aquí para que nos indique. Aquí tendrá que haber como una especie de callejero -
Abuelo - Claro, y un cartero que te trae la correspondencia todos los días. ¡Qué cosas tienes Zaira! Eres igual que tu abuela que tenía cada cosa. Seguro que la muy jodida me está viendo y se está cambiando de tumba a tumba.
Mi abuelo y mi abuela nunca se llevaron muy bien, o eso decía mi madre. La verdad es que yo a penas tenía recuerdos de ella. De mi abuela quiero decir porque de mi madre los tenia aún demasiado recientes. Hacía solo 21 meses que había fallecido y cada día su figura estaba presente en mi vida, tanto que en más de una vez mi abuelo en su juego me llamaba Sandra.
Zahíra - Hola, buenos días. Mire vengo con mi abuelo que se ha empeñado en visitar la tumba de mi abuela y yo no recuerdo muy bien por dónde estaba y mi abuelo ya no recuerda. Y bueno, no sé si diciéndole el nombre de mi abuela, quizá usted podría ...
Chico - Sí, claro acompáñeme a la oficina y allí vemos.
La oficina a la que nos dirigimos era un pequeño zulo lleno de papeles en el que un viejo ordenador guardaba la lista con los nombres de todos los que habían descansado en aquel cementerio.
Chico - ... bueno, no están todos porque aún no me ha dado tiempo. Cuando entré aquí todo estaba en papeles y había un pequeño descontrol de las personas que estaban enterradas en las tumbas y las que no porque antes esto se llevaba de aquella manera.
Zahíra - ¿y cuantas personas hay?
Chico - Pues el cementerio en estos momentos tiene una capacidad de unas mil personas después de la última ampliación, pero ahora aproximadamente habrán unas seiscientas personas enterradas.
Zahíra - ¿y va bien el negocio?, o sea, joder cómo ha sonado eso, quiero decir ...
Ambos sonríen mientras sus ojos se cruzan una y otra vez en una conversación que para él era habitual pero que ella no habría pensado aquella mañana que podría tener. Y de hecho lo menos importante era el tema de la conversación sino el hecho de tenerla.
Chico - Tu cara me suena, ¿vives por aquí cerca?Zahíra - Sí, soy de Montalbán.
Chico - Ya decía que me sonaba. Yo también, bueno yo ahora vivo aquí pero soy de allí.
Zahíra - ¿aquí?, ¿en el cementerio?
Chico - Sí, bueno, me ofrecieron trabajo y alojamiento aquí en el cementerio y bueno no estaba yo como para decir que no. Pero vaya que no es tanto como la gente piensa, que esos están muy muertos.
Por un momento el chico recuerda por qué está ella allí.
Chico - Perdona, lo siento es que a veces ...
Ella sonrie y posa su mano sobre él queriendo tranquilizarle.
Zahíra - No te preocupes, yo a veces también hablo de mis alumnos como si fueran ...
Chico - ¿Eres profesora? Yo siempre quise serlo, pero bueno las cosas de la vida.
Zahíra - Hablas como si tuvieras cuarenta años y tu los treinta tienes pinta de no haberlos cumplido aún.
Chico - Veintinueve años hago el mes que viene. Bueno, y ¿tu abuela?
Zahíra - ¿cómo?
Chico - Su nombre, ¿cómo se llamaba?
Zahíra - Ah, sí, perdona que me he puesto a hablar y ...
Chico - No, si hemos sido los dos, y la verdad es que se agradece. Porque todo el día aquí solo
Zahíra - ¿vives solo?
Chico - Sí, vivo solo y además bueno por aquí tampoco tengo un gran grupo de amigos. Y los que podría tener en breve se convertirían en trabajo así que casi prefiero no intimar mucho.
Zahíra - ¿no vas mucho por Montalbán?
Chico - No, lo justo. Ya sabes los amigos se han echado novia, o se han casado o han tenido hijos y llega un momento en el que no sabes muy bien qué haces entre aquella gente.
Zahíra - Te entiendo. Yo la verdad es que por allí tampoco salgo mucho porque bueno entre mi padre y mi abuelo que por cierto debe estar el pobre a punto de echarte la solicitud con la que está cayendo.
Ninguno de los dos pueden contener la risa y por unos minutos se olvidan de todo. Están allí frente a frente, en un lugar destartalado, rodeado de tumbas pero por un momento ambos sueñas que pasean por un prado verde y floreciente situado en mitad de un yacimiento arqueológico que relata las historias de antiguas civilizaciones. Los dos sienten cómo su corazón vuelve a bombear sangre por todo su cuerpo y cómo la vida quiere salir a borbotones en cada una de sus risas.

Chico - Entonces me has dicho Asunción, ¿verdad?
Zahíra - Sí, Hernández Jiménez
El chico la acompaña hasta el lugar exacto donde se encuentra la tumba de su abuela, muy cerca de aquella oficina, y se despiden.
Abuelo - Zahira, hija, ya estaba preocupado. ¿dónde te habías metido?
Zahira- Estaba buscando al cartero abuelo y lo he encontrado.
Abuelo - ¿Al cartero?, pero no ibas a buscar la tumba de tu abuela.
Zahira - Sí, pero es que el chico que me ha atendido no encontraba los datos de la abuela, así que me ha dicho que se va a encargar de buscarla y tendremos que volver mañana.
jueves, junio 04, 2009
Tú te ibas, tu olor se quedaba
A, b, c, d, e, f, g, h, i, j, k ...
Qué sencillo resulta decirlas una a una y cuanto cuesta a veces ordenarlas para que una tras otra formen palabrejas que entre sí quieran decir algo. Los diez minutos últimos que pasábamos juntos siempre se me hacían los más difíciles porque mi silencio me mataba y cuando era roto no era yo el que hablaba sino los impulsos cerebrales, algo así como la respiración o el latido de nuestro corazón que el cerebro se encarga de dirigir.
Es curioso cómo después de horas y horas de conversación sobre tantos y tantos temas, casi tantos como aquellas estrellas que nos observaban durante nuestros momentos, parece que se han agotado. Pero no es así, es simplemente que un extraño sentimiento te inunda y sientes que en unos minutos todo lo anterior ha sido como una de esas visitas que reciben los encarcelados, un bis a bis pero sin sexo. Es decir, un regalito que alguien te ha otorgado pero del que solo puedes disfrutar durante un máximo de horas.
Próxima estación Atocha RENFE/Chamartín – avisa esa voz que Metro de Madrid parece haber grabado para jodernos el último minuto en aquella caja de metal. “Última estación de vuestro finde, así que empezad a despediros y dejar de hablar de gilipolleces” debería decir esa voz. Pero nuestro cuerpo seguía reaccionando por impulsos y ,aun siendo muy conscientes de que aquella voz quería decir que estábamos a diez minutos de volver a separarnos, nosotros seguíamos actuando como si nos quedaran diez horas, diez días, diez semanas o diez vidas. Pero cada peldaño subido, cada impulso de las escaleras mecánicas avanzado, cada paso dado nos acercaba aún más a la barrera que marcaba la frontera entre nuestros mundos.
Un abrazo, un par de besos, alguna caricia, algún gesto, alguna frasecita o risa nerviosas y allí vas. No soy capaz de darte las gracias por haberme permitido disfrutar de dos o tres días de tu presencia. Entras al vagón y me doy la vuelta no soy capaz de ver marchar ese tren. El sol parece esconderse entre las nubes y todas mis sonrisas se convierten en lágrimas contenidas que nunca salen. Los principios siempre fueron los principios y una lágrima en público es una concesión que no me permitía a menudo.
Vuelvo a aquella caja de metal y ahora a penas oigo su voz. Me he vuelto a convertir en un robot que de manera automática sube y baja de los vagones, gira por los pasillos, asciende por las escaleras y que a penas observa a los que tiene a su alrededor.

Llego a casa y todos los colores se han marchado. Sus paredes vuelven a ser grises y la luz vuelve a no entrar por mi ventana. No tengo fuerzas para hacer nada y mi cuerpo se deja caer sobre la cama, rendido, exhausto, decaído. Y de repente allí estás tú convertida en aroma. Te siento entrar por mi nariz y recorres todo mi cuerpo. Abrazo la almohada como si fueses tú y cierro los ojos. Mañana será otro día y te habrás marchado pero aún queda mucho hoy y pienso disfrutarlo.
Qué sencillo resulta decirlas una a una y cuanto cuesta a veces ordenarlas para que una tras otra formen palabrejas que entre sí quieran decir algo. Los diez minutos últimos que pasábamos juntos siempre se me hacían los más difíciles porque mi silencio me mataba y cuando era roto no era yo el que hablaba sino los impulsos cerebrales, algo así como la respiración o el latido de nuestro corazón que el cerebro se encarga de dirigir.
Es curioso cómo después de horas y horas de conversación sobre tantos y tantos temas, casi tantos como aquellas estrellas que nos observaban durante nuestros momentos, parece que se han agotado. Pero no es así, es simplemente que un extraño sentimiento te inunda y sientes que en unos minutos todo lo anterior ha sido como una de esas visitas que reciben los encarcelados, un bis a bis pero sin sexo. Es decir, un regalito que alguien te ha otorgado pero del que solo puedes disfrutar durante un máximo de horas.
Próxima estación Atocha RENFE/Chamartín – avisa esa voz que Metro de Madrid parece haber grabado para jodernos el último minuto en aquella caja de metal. “Última estación de vuestro finde, así que empezad a despediros y dejar de hablar de gilipolleces” debería decir esa voz. Pero nuestro cuerpo seguía reaccionando por impulsos y ,aun siendo muy conscientes de que aquella voz quería decir que estábamos a diez minutos de volver a separarnos, nosotros seguíamos actuando como si nos quedaran diez horas, diez días, diez semanas o diez vidas. Pero cada peldaño subido, cada impulso de las escaleras mecánicas avanzado, cada paso dado nos acercaba aún más a la barrera que marcaba la frontera entre nuestros mundos.
Un abrazo, un par de besos, alguna caricia, algún gesto, alguna frasecita o risa nerviosas y allí vas. No soy capaz de darte las gracias por haberme permitido disfrutar de dos o tres días de tu presencia. Entras al vagón y me doy la vuelta no soy capaz de ver marchar ese tren. El sol parece esconderse entre las nubes y todas mis sonrisas se convierten en lágrimas contenidas que nunca salen. Los principios siempre fueron los principios y una lágrima en público es una concesión que no me permitía a menudo.
Vuelvo a aquella caja de metal y ahora a penas oigo su voz. Me he vuelto a convertir en un robot que de manera automática sube y baja de los vagones, gira por los pasillos, asciende por las escaleras y que a penas observa a los que tiene a su alrededor.

Llego a casa y todos los colores se han marchado. Sus paredes vuelven a ser grises y la luz vuelve a no entrar por mi ventana. No tengo fuerzas para hacer nada y mi cuerpo se deja caer sobre la cama, rendido, exhausto, decaído. Y de repente allí estás tú convertida en aroma. Te siento entrar por mi nariz y recorres todo mi cuerpo. Abrazo la almohada como si fueses tú y cierro los ojos. Mañana será otro día y te habrás marchado pero aún queda mucho hoy y pienso disfrutarlo.
lunes, junio 01, 2009
Tan real como tu voz
No sabía hasta hoy tantas cosas de ti que no puedo sino admitir que aún a pesar de todo siento ganas de seguir. Unas ganas locas de seguir descubriendo tantas islas perdidas, tantas calas escondidas a ojos del resto del mundo, tantos y tantos atardeceres que tu piel hecha de canela siente cada día con el liviano roce de unos rayos de sol que parecen dispuestos a recorrer el universo por llegar a morir sobre ti.
Qué bella te veías tumbada sobre el suelo, boca arriba, jugando a esconderte entre tus cabellos y mostrándome sólo lo que tú querías. El brillo de tus ojos y la humedad de tus labios. Qué bonita es tu sonrisa, y cómo me gustaría poder disfrutar de ella en este mismo instante. Poder sentirme el culpable de cada movimiento horizontal en el que tus labios otorgan al mundo la maravilla de poder admirar cómo el sol se asoma brillante entre las nubes en el interior de tu boca. La vida parece detenerse en ese mismo instante y nada parece importar. Cuanto hacía que no disfrutaba de semejante paisaje y hoy puedo decir lo afortunado que soy.
¿De qué está hecho cada uno de tus cabellos?, ¿cuántos ángeles te cedieron uno de sus cabellos?, ¿cuántos dioses participaron en el diseño de tu melena? Quiero conocerlos a todos, uno a uno, para poder darles las gracias.
Anoche tu cabello estaba como siempre suave y mis dedos parecían tan felices como un delfín jugando entre las olas. Por un momento sentí que mis dedos y tus cabellos se entrelazaban y daban lugar a un cuerpo único. Fue en ese momento en el que tus labios parecían estar llamando a los míos. Por una vez no pensé y me decidí a amarte. ¿cuánta energía puede soportar un cuerpo? Yo he debido superar cualquier límite. He sentido millones de vatios recorriendo cada una de las moléculas de mi cuerpo. Qué maravilla poder saborear tus labios y qué tragedia ver cómo los tuyos se separaban de los míos.
¿por qué te has ido?, ¿por qué me has dejado allí en el suelo? No he podido levantarme, cada uno de los vatios se han esfumado y me he quedado a oscuras, en silencio y solo.
Qué bella te veías tumbada sobre el suelo, boca arriba, jugando a esconderte entre tus cabellos y mostrándome sólo lo que tú querías. El brillo de tus ojos y la humedad de tus labios. Qué bonita es tu sonrisa, y cómo me gustaría poder disfrutar de ella en este mismo instante. Poder sentirme el culpable de cada movimiento horizontal en el que tus labios otorgan al mundo la maravilla de poder admirar cómo el sol se asoma brillante entre las nubes en el interior de tu boca. La vida parece detenerse en ese mismo instante y nada parece importar. Cuanto hacía que no disfrutaba de semejante paisaje y hoy puedo decir lo afortunado que soy.
¿De qué está hecho cada uno de tus cabellos?, ¿cuántos ángeles te cedieron uno de sus cabellos?, ¿cuántos dioses participaron en el diseño de tu melena? Quiero conocerlos a todos, uno a uno, para poder darles las gracias.
Anoche tu cabello estaba como siempre suave y mis dedos parecían tan felices como un delfín jugando entre las olas. Por un momento sentí que mis dedos y tus cabellos se entrelazaban y daban lugar a un cuerpo único. Fue en ese momento en el que tus labios parecían estar llamando a los míos. Por una vez no pensé y me decidí a amarte. ¿cuánta energía puede soportar un cuerpo? Yo he debido superar cualquier límite. He sentido millones de vatios recorriendo cada una de las moléculas de mi cuerpo. Qué maravilla poder saborear tus labios y qué tragedia ver cómo los tuyos se separaban de los míos. ¿por qué te has ido?, ¿por qué me has dejado allí en el suelo? No he podido levantarme, cada uno de los vatios se han esfumado y me he quedado a oscuras, en silencio y solo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)