jueves, diciembre 03, 2009

si ellos tienen razón y lo sé ¿...

- A ver, mule, repasémoslo todo otra vez desde el principio
- ¿Otra vez? Pero si lo que me vas a decir lo tengo ya más que claro.
- Pues cualquiera lo diría porque con lo sencillo que es acabar con este tema y la de vueltas que estás dando ...
- Para ti puede parecer sencillo, pero no lo es, es jodido ¿sabes?
- Que sí, que todos hemos pasado por eso alguna vez, pero hemos quedado en que tú lo gordo ya lo has superado, ¿verdad?
- Sí, eso puedo asegurarte que está más que superado.
- Vale, si tú me lo dices, te creo. Entonces ahora lo único que queda es romper definitivamente cualquier área que te pueda unir a ella. Y si esa área ahora mismo es la que tienes delante y los dos sabemos que con darle a un botón se acaba todo, pues adelante...
- ¡No puedo!
- Es fácil, sólo tienes que pulsar el botón y... ya
- Bufff ... ¡no!
- Relájate, en realidad si lo piensas bien ya lo has hecho en la realidad, ahora debes hacerlo virtualmente
- No, todavía no puedo, sé que tengo motivos, pero no puedo, no puedo...
-Mule, ya hemos hablado de esto antes, es por tu bien, venga dale al botoncito
- Si lo sé, yo sé que tienes razón, sé que al pulsar el botón ella desaparece y todo resuelto pero antes me gustaría...
-Mira te voy a dar una de ostias como no pulses el puñetero botoncito de los cojones...

lunes, septiembre 21, 2009

Entre las sangrientas humedades

Rozando el orgasmo

Habían pasado ya casi cincuenta minutos desde que tras varios disparos había acabado con la vida de la hija de mi jefe y su novio, sin embargo, a mí me parecían casi como 50 horas. Resulta agotador para la mente y el cuerpo cuando tu cerebro comienza a trabajar de manera acelerada por la subida de adrenalina. Mi inactivo cerebro se había convertido en una bomba de relojería que parecía estar a punto de estallar por saturación laboral. Comencé a sentir un fuerte dolor en la parte frontal de la cabeza en donde una vena sobresalía y al posar mis dedos sobre ella podía sentir la rapidez y la fuerza con la que el corazón bombeaba sangre.

Por si fuera poco la vejiga había comenzado a advertirme que se encontraba al borde del colapso y o yo hacía por vaciarla o comenzaría a enviar más trabajo al cerebro para que enviase la orden adecuada a los músculos que impedían el vaciado. No podía orinar en el cuarto de baño pues cualquier descuido, cualquier gota que cayese fuera de la taza del wc, cualquier pelo de la zona que como casi siempre decidiese caer cual hoja otoñal, estarían dejando todos mis datos a quienes investigaran aquel asesinato. De cualquier modo las opciones eran o hacerlo en aquella casa y arriesgarme a ser descubierto o hacerlo fuera y arriesgarme a ser recubierto de balas. Así que a pesar de saber que antes o después debía salir de allí o sino el precio sería el más caro, tomé la decisión de vaciar mi vejiga en algún lugar de la casa. Pero no lo haría en el baño sino en algún recipiente en el que cupiese todo el líquido que contenía mi vejiga para así poder llevarlo conmigo y no dejar ninguna prueba.

Abrí el frigorífico y el único recipiente que había era una botella de agua de 50 centilitros y estaba seguro que lo que empujaba podría llenar casi dos botellas como aquella. Comencé entonces a rebuscar por todos los cajones y no encontraba nada que fuese lo suficientemente ancho como para que la cabeza mi pene entrase al menos con cierta facilidad y no fuese de cristal. Desde pequeño le he tenido cierta fobia al cristal desde que vi como una gran cristalera rota acababa con la vida de un vecino mío. Tenía bien guardada en mi memoria la imagen de aquel hombre atravesado de lado a lado por el cristal a pesar de que cuando aquello sucedió yo tenía a penas seis años.

Comencé a buscar por las habitaciones, en el cuarto de baño, pero no encontré nada, hasta que descubrí junto al rostro de ella un jarrón que había caído al suelo cuando le disparé pero que la moqueta había amortiguado. Sobre el jarrón se apoyaba la mano de la chica que parecía haber visto toda la escena desde el suelo y se negaba a prestarme su ayuda después de lo que le acababa de hacer. Con cuidado aparté su mano, me bajé la bragueta y como ese chorro de agua con el que en las manifestaciones la policía trata de apaciguar a las masas enfurecidas la orina comenzó a vaciar mi cuerpo. Un cuerpo que sintió volar en aquel momento, en una experiencia que todos alguna vez habremos sentido en algún momento que si bien no llega al placer de un gran orgasmo es de esas ocasiones en las que una simple acción corporal nos lleva a rozar el cielo.

viernes, septiembre 11, 2009

Entre las sangrientas humedades

Tres veces uno son siempre más que dos

Desde la ventana podía apreciar parte del callejón al que daba la casa pero no lo suficiente como para asegurarme que podía abandonar la casa. Debía salir de aquel lugar cuanto antes porque a mayor tiempo en él, mayores eran las posibilidades de dejar todo tipo de rastros de mi presencia. De hecho llevaba ya más de diez minutos con ganas de vaciar la vejiga y por supuesto no podía arriesgarme a hacerlo allí mismo, pero esto me llevó a moverme por toda la casa con mayor celeridad y nerviosismo y no me ayudó en nada a la resolución de la situación.

Mi mayor problema era cómo explicar lo que había sucedido con ella. ¿Cómo iba a explicarle a Návhr que por un error acababa de matar a su hija porque sin que nadie lo previera se encontraba en casa?

De repente la luz de la escalera se encendió y me alarmé porque ello implicaba que a escasos metros de mi alguien estaba despierto y de alguna manera podía convertirse en un posible descubridor de la escena del crimen. El temporizador de la luz comenzó a jugar con mi paciencia con su sonidito de bomba a punto de estallar que parecía advertirme de que mi vida también se dirigía hacia una cuenta atrás con un final poco alentador para mi. Por debajo de la puerta principal entraba un gran chollo de luz que de repente se vio interrumpido por la sombra que proyectaba el cuerpo de la persona que estaba al otro lado que se detuvo delante de la puerta. Estaba claro, fuese la policía o fuesen los miembros de la banda venían a por mi. Cogí la pistola, me la metí en la boca, coloqué el dedo en el gatillo y cerré los ojos con fuerza. Mi rostró se llenó de un frío sudor cálido y durante a penas unos segundos decidí recordar lo que había sido yo hasta llegar a aquel día. Y por estúpido que parezca la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de mi primer día de colegio. Aquel día mi madre y mi padre me acompañaron hasta la puerta desde donde se despidieron con una gran sonrisa henchida de orgullo por ver cómo por fin su hijo iba a iniciar un proceso académico que ellos desearían haber tenido. Yo era lo que ellos nunca pudieron ser y sin embargo acabé siendo lo que ellos nunca quisieron ser. Mis padres habían nacido en los suburbios de Hurben donde el ser humano se mostraba en su versión más perversa. Sin embargo, a pesar de haber tenido la posibilidad de acceder al mundillo de la droga ambos huyeron de allí y las fuerzas de lo previsto los llevó a conocerse muy lejos de sus orígenes. Ellos me lo dieron absolutamente todo lo que un padre puede ofrecer a su hijo, sin embargo, según el razonamiento de mi abuela paterna - así como un río vuelve a sus orígenes a pesar de los intento del hombre por desviar su cauce, el hombre no puede escapar de su destino.- Y allí me encontraba yo con una pistola en la boca a punto de ser apretada por los caprichosos del jodido destino.

Cinco, cuatro ... la sombra seguía allí justo delante de la puerta. Inmovilizada, y por la dirección de los zapatos parecía que de frente a la puerta.

Tres, dos ... Un fuerte golpe aporreó la puerta, no parecía ser de una mano, sino de una superficie mayor, aspiré fuerza por última vez como para llenar los pulmones del suficiente oxígeno como para aguantar lo suficiente en el largo viaje que me esperaba.

Uno ... Mi dedo estaba agarrotado. Uno ... empujé la pistola con más fuerza hacia la garganta para intentar darle impulso a la bala pero no podía apretar el gatillo. Uno ... Mi mano comenzó a temblar y lentamente comencé a sacar la pistola de mi boca entre llantos. Respiré, me dije que debía de hacerlo y ... ¡Cuatro!, ¿cuatro?, joder de repente habían cuatro sombras que se asomaban bajo la pared. Cuatro sombras correspondientes a cuatro piernas con sus respectivos dos propietarios que a las 4 de la mañana desataban toda su pasión justo delante de la casa en la que me encontraba hasta que el fuerte golpe provocado por la pasión los llevó a estampar la espalda de ella contra la puerta y a huir hasta su piso para proseguir con su ritual sexual.

miércoles, septiembre 09, 2009

Entre las sangrientas humedades

Dos son siempre más que uno


La rapidez a la que latía mi corazón delataba el acto que acababa de cometer hacía escasos minutos. No todo había salido como yo había planeado y el trabajo se había multiplicado por dos, necesitando para ello el doble de tiempo y siendo también dobles las consecuencias que ello podría acarrearme. Tenía varias opciones, pero en ese momento lo inesperado de la situación dejó en evidencia mi falta de profesionalidad lo cual podía no solo suponer para mí el final como persona sino también la perdida de mi empleo.

¿por qué?, ¿por qué? ¡joder! – eran las únicas expresiones que se repetían una y otra vez en mi interior y las grandes culpables de que en aquellos momentos fuese incapaz de controlar la situación y pensar en qué estrategia debía tomar. Ni siquiera era capaz de pensar en una primera acción que me encarrilara hacia la estrategia. Pensé en llamar a Pulco, pero cómo podría explicarle lo que había sucedido. Sin duda él vendría hasta el lugar, estudiaría la situación, encontraría una fácil solución a todo y acabaría diciendo “ya le dije a Návhr que no estabas a la altura”. Y estoy completamente seguro que ellos sí tenían prevista esta situación y su solución tal vez sería darme un tiro en la cabeza y dejar las pruebas suficientes para que la policía creyese que aquello había sido parte de un intento de robo por mi parte que acabó con la muerte de aquellos cuerpos que en estos momentos yacían tumbados cara a cara en el suelo de la habitación.

Tal vez ellos estarían esperándome ahí fuera para certificar que había cumplido con mi cometido como esperaban o tal vez estaban esperándome ahí fuera para deshacerme de mi una vez que era yo quien me había manchado las manos de sangre por un crimen por encargo que en realidad ellos querían cometer.

No, Rodrigo, no puedes pensar así o entonces sí que vas a acabar relleno de balas o quizá descuartizado, en una bolsa y arrojado al fondo del mar. – me dije a mi mismo tratando de revertir aquella marea de pensamientos negativos que desde luego no aportaban nada en pro de la solución que tanto anhelaba. Pero entonces empecé a pensar que precisamente por no haber pensado mucho, por no haber sido especialmente sobresaliente en la resolución de conflictos es por lo que había acabado en el último eslabón de la cadena alimenticia de este mundo en el que me movía. Mi trabajo consistía en estar en un lugar a una hora y aniquilar a la persona de la foto. A veces podía seguir uno o dos días los movimientos de la persona a la que iba a asesinar pero era algo excepcional que últimamente no había hecho muchas veces.

El suelo estaba lleno de sangre, un enorme charco rojo que comenzaba a extenderse por toda la habitación y entonces comencé a pensar que quizá toda aquella sangre podría filtrarse por aquel suelo de madera y acabar convirtiendo el techo de los vecinos de abajo en una enorme humedad de sangre que en escasos minutos sería advertida a la policía. Con un poco de suerte los vecinos de abajo estarían durmiendo y no habrían escuchado el grito que se le escapó a la chica antes de que su cerebro fuese atravesado de lado a lado por una de las balas. Pero, ¿y si lo hubiesen escuchado todo?, ¿y si en estos momentos una patrulla de la policía se dirigía al apartamento? Cuando tu trabajo consiste en asesinar a personas eres consciente de que en algún momento puedes ser asesinado o peor aún atrapado por la policía. Estaba dispuesto a morir, pues de alguna forma ya hacía tiempo que estaba muerto, pero jamás permitiría que la policía me atraparan. Antes prefería suicidarme.

lunes, agosto 24, 2009

Sin tiempo a decir

Todo ha sido tan rápido, tan precipitado, tan desprevisto que a penas he podido reaccionar verbalmente y he sido incapaz de decirte que este verano merecía una despedida a la altura de los muchos momentos que hemos vivido y todos los que han quedado por el camino. Por una vez, tienes razón, he hablado en tu mismo idioma y quizá por ello no ha sido necesario repetir nada, ni explicarme hasta el tórrido aburrimiento.

Todo se ha adelantado y no hemos podido disfrutar de una despedida bajo la luz embriagadora de la Luna envueltos por el sonido relajante de las olas que tanto nos gusta en un lugar alejado de la mal llamada civilización.

Tal vez este verano habíamos creado demasiados objetivos y por ello el haber logrado tan solo unos pocos nos ha podido parecer poco, pero para mí cada concierto, película, cena, comida, baño , helado, paseo, en definitiva cada momento ha sido único. Incluso hemos creado un espacio que a pesar de no gustarme mucho, para tí era el rincón del amor.

Estos tres meses para mí han pasado a gran velocidad, quizá porque como dicen cuando estás disfrutando el tiempo se te hace más corto. Por todo ello no tuve tiempo de decir que gracias por todos y cada uno de los motivos que me han devuelto la energía, gracias por haberme apoyado desde el principio por mi deambulación por el espacio tenebroso, y gracias por entenderme aun a pesar de todo. Resulta dificil estar a la altura, sobre todo porque contigo no existen. Pero voy a trabajar duro y fuerte para que muy pronto podamos disfrutar de eso a lo que hemos llamado d.l. y poder hacerlo en compañía de todas esas personitas que forman nuestro día a día, que nos quieren, y que tan buenos consejos nos dan.

Socia, la vida para ambos no se puede concebir sino existen sueños. Soñemos.

viernes, julio 10, 2009

Títulos de crédito

Tengo muy viva en mi mente la primera vez que acudí a un cine, tendría yo aproximadamente unos seis años y fui cogido de la mano de mis padres a mi estreno cinematográfico con bastante curiosidad porque todo el mundo me había advertido que iba a ser una experiencia increíble, mucho más embriagadora que la televisión. La película en cuestión fue Harry el sucio.

Aun guardo en mi memoria una frase de aquella película que quizá me marcó tanto que por ello hoy soy policía. La frase decía: “Cuando un hombre va corriendo desnudo por la calle, con un cuchillo en la mano y detrás de una mujer doy por hecho que no va pidiendo donativos para la Cruz Roja”. El cine está lleno de frases como ésta, o de sonidos, de imágenes, incluso para mí ha estado lleno de aromas y temperaturas.

A lo largo de estos años he querido ser pirata y embarcarme en largos viajes, he deseado ser un romano y presentar batalla a los enemigos del Imperio, he deseado besar con todas mis fuerzas a miles de mujeres y golpear con mis puños a los malos de la película, no he podido evitar mirar hacia atrás después de haber visto una de terror, o parar de reírme incluso caminando solo tras una buena comedia. El cine me ha llevado siempre hasta espacios sentimentales que jamás hubiese soñado y es por eso que todavía creo en el cine.

Sin embargo, hay algo que siempre he odiado de una película. Una parte de ella que para muchos es sinónimo de cinéfilo, para otros no es más que el final de una película, y para mí ha sido siempre el triste momento en el que he descubierto que todas las personas que había frente a mí no eran ni abogados, ni policías, ni princesas, ni piratas, ni fantasmas, etc, sino simplemente actrices y actores que con sus buenas artes nos embaucan haciéndonos creer que todo lo que están viendo nuestros ojos es cierto y provocando en nosotros una serie de sentimientos de tal pureza que le hacen a uno viajar fuera de sí.

Por eso desde hace varios años siempre le pido a Emilio, portero de mi cine de toda la vida, que me diga la última frase de la película y justo en ese momento cuando todavía no se ha hecho el fundido a negro es cuando me levanto de la butaca y de espaldas a la pantalla salgo lentamente de la sala indignado porque ahora las películas ni siquiera acaben con un FIN.

miércoles, junio 17, 2009

Recuerdos

Recuerdo el día en que te conocí, eras una compañera de clase de mi amigo y también compañero de piso. Una chica de muy lejos que por lo visto buscaba un piso de manera desesperada porque debía salir del que ocupaba. Recuerdo que cuando entraste al piso ya sentí ese primer fuerte latido que suelo sentir cuando creo estar viendo la tapa de otro cuento de fantasía. Recuerdo que empezaste a hablar con mi amigo y a penas si reparaste en mi presencia hasta que decidí llevar un poco las riendas de la entrevista. Recuerdo que me preguntaste a qué me dedicaba y me dijiste que por el aire de mi manera de vestir daba el perfil de ese mundo en el que desde hace un año intento abrirme camino. Para mí el casting había terminado. Ya tenías mi voto y lo único que tuve que hacer fue conseguir el del resto y así fue. Recuerdo que quise ser yo mismo el que te llamara cuando lo normal hubiese sido que lo hiciera quien ya te conocía, pero lo cierto es que aún sintiendo en aquellos momentos algo por otra chica ya habías empezado a atraerme y de ahí a tenerme a tu disposición era cuestión de tiempo y de convivencia. Recuerdo que el Verano fue poco a poco calentando ese sentimiento y con la llegada del otoño me convertí en una hoja más y caí rendido a tus pies, iniciándose así una larga historia en la que la confianza fue poco a poco ganando terreno y el amor hacia ti se disparó hasta límites insospechados. Recuerdo que durante semanas disfruté jugando contigo en algo que a mí me parecía el inicio de una bonita historia de amor. Recuerdo jugar a deslizarte por debajo de la puerta un CD que tú me devolvías. Recuerdo jugar al escondite por el pasillo ante la mirada de nuestros compañeros. Recuerdo un día que volvíamos de compras en la máquina de hierro y estuviste varios minutos con tu cabecita apoyada sobre mi hombro. Recuerdo lo nerviosa que estabas cuando volví de las vacaciones navideñas y lo que disfruté en los días previos a éstas preparando tus regalos. Recuerdo tus miradas en la noche de fin de año aún estando bajo los efectos sedantes del tío JB. Recuerdo los celos incontrolables hacia franceses y suizos y cómo ese sentimiento me llevaba a odiar a personas a las que no conocía. Recuerdo miles de discusiones que tuvimos y el horrible sentimiento de profundo dolor por una vez más haber dicho o escuchado cosas que nunca debieron salir de nuestras bocas. Recuerdo el día en que decidí abrirme a ti y contártelo todo y cómo siempre había un problema que lo evitaba. Y por supuesto recuerdo el día en que te escribí un email para decirte que ante la dificultad para hacerlo en persona no me quedaba otra que hacerlo por ese medio. Recuerdo al día siguiente de haberte enviado el email que discutimos por unos aros de cebolla y yo estaba seguro que aquello era tu reacción al contenido del mismo cuando en realidad se trataba de un día bajo los efectos de las nubes grises. Recuerdo tu cara al día siguiente de esa discusión, mucho más cercana, algo más picara y recuerdo ese "ayer leí tu email". Recuerdo la conversación que vino después y cómo por un momento mi corazón hacia un pum, pum, pum, diferente al habitual como si por él no fluyera sangre sino el agua que emana la mismísima fuente de la vida. Recuerdo cómo fueron sucediendose los días y yo no podía dejar de pensar que aquello iba a acabar como en los cuentos de hadas. Recuerdo cómo un extraño sentimiento se apoderó del cuento y poco a poco todo fue cambiando y el sol ya no brillaba porque una oscura nubecita se lo impedía. Recuerdo cuando volvimos a hablar del tema, acostados frente a frente bajo los ojos de un tímida bombilla que iluminaba diagonalmente una parte de tu cara y cómo aquella noche no dormí sobre mi colchón sino encima de una estrella. Recuerdo cómo los momentos buenos dejaron paso a los malos. Recuerdo cómo poco a poco comenzamos a separarnos y a penas podía sentirte. Recuerdo ir caminando por las calles de la Gran Ciudad con tu brazo agarrado al mío simulando que te sucedía lo mismo que a los protagonistas de la peli que acababámos de ver y cómo aquel instante me pareció inmejorable. Recuerdo cómo tus abrazos me resultaban fríos y aquello se me clavaba bien adentro. Recuerdo miles de segundos dedicados en mi pensamiento a tu mirada, tu sonrisa, tu pelo, tus labios, tus bellas manos con sus para mi inmejorables deditos. Recuerdo lo bonito que era poder ver reflejada la luz de la pantalla de cine en tus ojos en mitad de la oscuridad. Recuerdo cómo deseaba besar cada uno de tus barros. Recuerdo cómo comencé a sentir que ya no podía volver a empezar, que no había vuelta atrás, que habíamos perdido aquello que un día sí tuvimos, aquello que era suficiente para los dos. Recuerdo cuando después de muchos meses mi cuerpo necesitó derramar lágrimas y cómo aquello me alivió y a la vez me advirtió de que definitivamente algo no iba bien en mi alma. Recuerdo cuando entre mi brazo derecho y yo nos dimos cuenta, aunque él ya hacía tiempo que lo sabía, que había llegado el momento de alejarme físicamente de ti. Recuerdo lo duro que fue tomar aquella decisión por todo lo que suponía, por todo lo duro que iba a ser y está siendo y por todos los cambios que en mi vida supondrían. Recuerdo en todo lo que pensé en cómo eso te afectaría y cómo sabía que tú no lo verías así. Recuerdo lo duro que fue decírtelo y cómo tuve que contenerme las lágrimas. Recuerdo lo duro que fue decirte una y otra vez que ya había tomado una decisión y que no podía seguir. Recuerdo cada uno de los sentimientos que tuve mientras hacía mi maleta y cómo mi corazón brincó cuando escuché la puerta y el sonido típico de tus pasitos. Recuerdo tu cara, mirándome mientras terminaba mi maleta y cómo me decía que me quedara. Recuerdo que no quisiste despedirte aquella noche y tuve que esperar hasta la mañana siguiente, hasta tu último intento porque me quedara. Recuerdo aquel último abrazo que nos dimos y te recuerdo alejándote por el pasillo en aquella última vez que nos vimos. Recuerdo cómo se me escapó un lágrima cuando el tren inició su marcha y con ella la mía y cómo todos estos y muchos más pensamientos me vinieron en esos momentos a través de miles de diapositivas que forman ese álbum de sentimientos que ahora eres tú. Te sigo recordando y te recordaré pero ahora necesito abrir un nuevo álbum, con nuevas imágenes, nuevas ideas, nuevos proyectos, del que espero muy pronto formes parte ocupando un nuevo lugar en el que todos estos recuerdos no sean más que parte del pasado y tus nuevas diapositivas me vuelvan a traer un cielo despejado sin nada más allá que el simple horizonte.

lunes, junio 15, 2009

¿volamos?

¿Era hoy cuando partía nuestro avión?, anoche antes de acostarme revisé bien que no me olvidaba nada de meter en la maleta, que tenía en regla todos los documentos necesarios para nuestro viaje y por un momento miré por mi ventana al horizonte como si quiera despedirme de manera indefinida de todo ello. Porque anoche de verdad sentía que ayer era nuestra última noche en esta ciudad, bueno al menos en un largo tiempo, y que por fin nuestra vida comenzaría a tomar un rumbo de altura y juntos, cogidos bien fuerte de la mano nos dispondríamos a trazar un nuevo sendero sin saber muy bien hacia donde dirigirnos, casi como lo hemos ido haciendo hasta ahora.
Pero hoy finalmente ese avión ha despegado con dos asientos vacíos, el tuyo y el mío, y en ese mismo instante he sentido en mi estómago la misma presión que cada uno de los pasajeros del mismo. He sentido que me dejaba en tierra y desde la pista he ido observando cómo poco a poco se alejaba de mi, rumbo a su destino y he sentido que algo de nosotros sí había embarcado en ese vuelo. Pronto los agentes de seguridad han ido a por mi para indicarme que no podía estar allí abajo y amablemente me han acompañado a la terminal donde me he sentado durante más de una hora a observar cómo uno tras otro despegaban los aviones, llenos de pasajeros y maletas, de sueños y anécdotas que contar algún día dentro de muchos años. Aquella sala estaba llena de pantallas en las que informaban de inminentes llegadas y salidas. Yo estaba en el lugar de inicio de otros sueños, de nuevos proyectos de vida, de nuevas ilusiones y de repente aquella energía me ha hecho darme cuenta que ese avión tenía un destino pero frente a mi la pantalla me ofrecía cientos de destinos a los que poder volar y construir algo nuevo.
Lo que menos me importa ahora es por qué no hemos cogido ese avión sino si realmente queremos seguir volando. Y mi respuesta es que sí, que en cuanto formalice los papeles que tengo pendientes quiero volar aunque sea a pie, aunque sea con pequeñas cometas de papel, pero quiero sentir algo de aire fresco en mi cara y respirarlo bien profundo y sentir todos los momentos vividos por aquellas partículas y devolverlas a su hábitat para que una vez regeneradas vuelvan a soplar bajo las alas de otro soñador e impulsarlo hacia el cielo.

miércoles, junio 10, 2009

Un poco de un poquito

Cuatro horas y veintidós minutos de la tarde. Treinta y cinco grados a la sombra. Ningún rastro de sombra. Cualquier ser humano razonable estaría en estos momentos resguardado en casa pero a los ochenta y cuatro años poca gente llega con la cabeza muy cuerda y mi abuelo llevaba ya muchos años jugando a la locura. Y digo jugando porque, si bien ahora sí parecía mostrar claros síntomas de desorientación mental, durante muchos años había estado jugando con mi padre y conmigo al despiste.

Zahíra - ¿Abuelo seguro que la tumba de la abuela estaba por aquí? – le pregunté , entre mareos, intentando encontrar entre los dos el lugar al que nos dirigíamos antes de que un sofoco se lo llevara a él también.

Abuelo - Es que esto está muy cambiado, hija mía. ¿seguro que me has traído al cementerio que te he dicho? -

Zahíra - Abuelo, no hay otro cementerio. Es aquí, pero a lo mejor estás un poco desorientado porque imagino que en quince años habrá cambiado mucho -

Abuelo - Claro, estos hijos de puta han especulado hasta con los terrenos del cementerio. Podíamos vender mi parcela y con el dinero que nos dieran te podrías ir de viaje por ahí fuera, a donde tu quieras. Y así descansabas de nosotros. -

Zahíra - Abuelo, creo que va a ser mejor preguntarle a alguien de aquí para que nos indique. Aquí tendrá que haber como una especie de callejero -

Abuelo - Claro, y un cartero que te trae la correspondencia todos los días. ¡Qué cosas tienes Zaira! Eres igual que tu abuela que tenía cada cosa. Seguro que la muy jodida me está viendo y se está cambiando de tumba a tumba.

Mi abuelo y mi abuela nunca se llevaron muy bien, o eso decía mi madre. La verdad es que yo a penas tenía recuerdos de ella. De mi abuela quiero decir porque de mi madre los tenia aún demasiado recientes. Hacía solo 21 meses que había fallecido y cada día su figura estaba presente en mi vida, tanto que en más de una vez mi abuelo en su juego me llamaba Sandra.

Zahíra - Hola, buenos días. Mire vengo con mi abuelo que se ha empeñado en visitar la tumba de mi abuela y yo no recuerdo muy bien por dónde estaba y mi abuelo ya no recuerda. Y bueno, no sé si diciéndole el nombre de mi abuela, quizá usted podría ...

Chico - Sí, claro acompáñeme a la oficina y allí vemos.

La oficina a la que nos dirigimos era un pequeño zulo lleno de papeles en el que un viejo ordenador guardaba la lista con los nombres de todos los que habían descansado en aquel cementerio.

Chico - ... bueno, no están todos porque aún no me ha dado tiempo. Cuando entré aquí todo estaba en papeles y había un pequeño descontrol de las personas que estaban enterradas en las tumbas y las que no porque antes esto se llevaba de aquella manera.
Zahíra - ¿y cuantas personas hay?
Chico - Pues el cementerio en estos momentos tiene una capacidad de unas mil personas después de la última ampliación, pero ahora aproximadamente habrán unas seiscientas personas enterradas.
Zahíra - ¿y va bien el negocio?, o sea, joder cómo ha sonado eso, quiero decir ...

Ambos sonríen mientras sus ojos se cruzan una y otra vez en una conversación que para él era habitual pero que ella no habría pensado aquella mañana que podría tener. Y de hecho lo menos importante era el tema de la conversación sino el hecho de tenerla.

Chico - Tu cara me suena, ¿vives por aquí cerca?
Zahíra - Sí, soy de Montalbán.
Chico - Ya decía que me sonaba. Yo también, bueno yo ahora vivo aquí pero soy de allí.
Zahíra - ¿aquí?, ¿en el cementerio?
Chico - Sí, bueno, me ofrecieron trabajo y alojamiento aquí en el cementerio y bueno no estaba yo como para decir que no. Pero vaya que no es tanto como la gente piensa, que esos están muy muertos.

Por un momento el chico recuerda por qué está ella allí.

Chico - Perdona, lo siento es que a veces ...

Ella sonrie y posa su mano sobre él queriendo tranquilizarle.

Zahíra - No te preocupes, yo a veces también hablo de mis alumnos como si fueran ...
Chico - ¿Eres profesora? Yo siempre quise serlo, pero bueno las cosas de la vida.
Zahíra - Hablas como si tuvieras cuarenta años y tu los treinta tienes pinta de no haberlos cumplido aún.
Chico - Veintinueve años hago el mes que viene. Bueno, y ¿tu abuela?
Zahíra - ¿cómo?
Chico - Su nombre, ¿cómo se llamaba?
Zahíra - Ah, sí, perdona que me he puesto a hablar y ...
Chico - No, si hemos sido los dos, y la verdad es que se agradece. Porque todo el día aquí solo
Zahíra - ¿vives solo?
Chico - Sí, vivo solo y además bueno por aquí tampoco tengo un gran grupo de amigos. Y los que podría tener en breve se convertirían en trabajo así que casi prefiero no intimar mucho.
Zahíra - ¿no vas mucho por Montalbán?
Chico - No, lo justo. Ya sabes los amigos se han echado novia, o se han casado o han tenido hijos y llega un momento en el que no sabes muy bien qué haces entre aquella gente.
Zahíra - Te entiendo. Yo la verdad es que por allí tampoco salgo mucho porque bueno entre mi padre y mi abuelo que por cierto debe estar el pobre a punto de echarte la solicitud con la que está cayendo.


Ninguno de los dos pueden contener la risa y por unos minutos se olvidan de todo. Están allí frente a frente, en un lugar destartalado, rodeado de tumbas pero por un momento ambos sueñas que pasean por un prado verde y floreciente situado en mitad de un yacimiento arqueológico que relata las historias de antiguas civilizaciones. Los dos sienten cómo su corazón vuelve a bombear sangre por todo su cuerpo y cómo la vida quiere salir a borbotones en cada una de sus risas.


Chico - Entonces me has dicho Asunción, ¿verdad?
Zahíra - Sí, Hernández Jiménez

El chico la acompaña hasta el lugar exacto donde se encuentra la tumba de su abuela, muy cerca de aquella oficina, y se despiden.

Abuelo - Zahira, hija, ya estaba preocupado. ¿dónde te habías metido?
Zahira- Estaba buscando al cartero abuelo y lo he encontrado.
Abuelo - ¿Al cartero?, pero no ibas a buscar la tumba de tu abuela.
Zahira - Sí, pero es que el chico que me ha atendido no encontraba los datos de la abuela, así que me ha dicho que se va a encargar de buscarla y tendremos que volver mañana.

jueves, junio 04, 2009

Tú te ibas, tu olor se quedaba

A, b, c, d, e, f, g, h, i, j, k ...
Qué sencillo resulta decirlas una a una y cuanto cuesta a veces ordenarlas para que una tras otra formen palabrejas que entre sí quieran decir algo. Los diez minutos últimos que pasábamos juntos siempre se me hacían los más difíciles porque mi silencio me mataba y cuando era roto no era yo el que hablaba sino los impulsos cerebrales, algo así como la respiración o el latido de nuestro corazón que el cerebro se encarga de dirigir.
Es curioso cómo después de horas y horas de conversación sobre tantos y tantos temas, casi tantos como aquellas estrellas que nos observaban durante nuestros momentos, parece que se han agotado. Pero no es así, es simplemente que un extraño sentimiento te inunda y sientes que en unos minutos todo lo anterior ha sido como una de esas visitas que reciben los encarcelados, un bis a bis pero sin sexo. Es decir, un regalito que alguien te ha otorgado pero del que solo puedes disfrutar durante un máximo de horas.

Próxima estación Atocha RENFE/Chamartín – avisa esa voz que Metro de Madrid parece haber grabado para jodernos el último minuto en aquella caja de metal. “Última estación de vuestro finde, así que empezad a despediros y dejar de hablar de gilipolleces” debería decir esa voz. Pero nuestro cuerpo seguía reaccionando por impulsos y ,aun siendo muy conscientes de que aquella voz quería decir que estábamos a diez minutos de volver a separarnos, nosotros seguíamos actuando como si nos quedaran diez horas, diez días, diez semanas o diez vidas. Pero cada peldaño subido, cada impulso de las escaleras mecánicas avanzado, cada paso dado nos acercaba aún más a la barrera que marcaba la frontera entre nuestros mundos.

Un abrazo, un par de besos, alguna caricia, algún gesto, alguna frasecita o risa nerviosas y allí vas. No soy capaz de darte las gracias por haberme permitido disfrutar de dos o tres días de tu presencia. Entras al vagón y me doy la vuelta no soy capaz de ver marchar ese tren. El sol parece esconderse entre las nubes y todas mis sonrisas se convierten en lágrimas contenidas que nunca salen. Los principios siempre fueron los principios y una lágrima en público es una concesión que no me permitía a menudo.

Vuelvo a aquella caja de metal y ahora a penas oigo su voz. Me he vuelto a convertir en un robot que de manera automática sube y baja de los vagones, gira por los pasillos, asciende por las escaleras y que a penas observa a los que tiene a su alrededor.



Llego a casa y todos los colores se han marchado. Sus paredes vuelven a ser grises y la luz vuelve a no entrar por mi ventana. No tengo fuerzas para hacer nada y mi cuerpo se deja caer sobre la cama, rendido, exhausto, decaído. Y de repente allí estás tú convertida en aroma. Te siento entrar por mi nariz y recorres todo mi cuerpo. Abrazo la almohada como si fueses tú y cierro los ojos. Mañana será otro día y te habrás marchado pero aún queda mucho hoy y pienso disfrutarlo.

lunes, junio 01, 2009

Tan real como tu voz

No sabía hasta hoy tantas cosas de ti que no puedo sino admitir que aún a pesar de todo siento ganas de seguir. Unas ganas locas de seguir descubriendo tantas islas perdidas, tantas calas escondidas a ojos del resto del mundo, tantos y tantos atardeceres que tu piel hecha de canela siente cada día con el liviano roce de unos rayos de sol que parecen dispuestos a recorrer el universo por llegar a morir sobre ti.

Qué bella te veías tumbada sobre el suelo, boca arriba, jugando a esconderte entre tus cabellos y mostrándome sólo lo que tú querías. El brillo de tus ojos y la humedad de tus labios. Qué bonita es tu sonrisa, y cómo me gustaría poder disfrutar de ella en este mismo instante. Poder sentirme el culpable de cada movimiento horizontal en el que tus labios otorgan al mundo la maravilla de poder admirar cómo el sol se asoma brillante entre las nubes en el interior de tu boca. La vida parece detenerse en ese mismo instante y nada parece importar. Cuanto hacía que no disfrutaba de semejante paisaje y hoy puedo decir lo afortunado que soy.

¿De qué está hecho cada uno de tus cabellos?, ¿cuántos ángeles te cedieron uno de sus cabellos?, ¿cuántos dioses participaron en el diseño de tu melena? Quiero conocerlos a todos, uno a uno, para poder darles las gracias.

Anoche tu cabello estaba como siempre suave y mis dedos parecían tan felices como un delfín jugando entre las olas. Por un momento sentí que mis dedos y tus cabellos se entrelazaban y daban lugar a un cuerpo único. Fue en ese momento en el que tus labios parecían estar llamando a los míos. Por una vez no pensé y me decidí a amarte. ¿cuánta energía puede soportar un cuerpo? Yo he debido superar cualquier límite. He sentido millones de vatios recorriendo cada una de las moléculas de mi cuerpo. Qué maravilla poder saborear tus labios y qué tragedia ver cómo los tuyos se separaban de los míos.

¿por qué te has ido?, ¿por qué me has dejado allí en el suelo? No he podido levantarme, cada uno de los vatios se han esfumado y me he quedado a oscuras, en silencio y solo.

lunes, mayo 18, 2009

La unión entre un final y un principio

Tras varios meses detrás del medicamento adecuado por fin había logrado llegar hasta él. Como prácticamente cualquier producto o servicio hoy en día sólo había que investigar o conocer a las personas adecuadas para lograrlo. Lo que más me costó fue encontrar qué medicamentos eran los más adecuados para una muerte rápida y eficaz. Estaba completamente convencido de que mi vida no podía volver a ser la de antes y que jamás sentiría aquella ilusión por la vida con la que a mis veintitantos años me quería comer el mundo, así que no quería llevar a cabo un suicidio frustrado. Por una vez en mi vida quería hacer algo bien.

Contacté con un antiguo trabajador de la fábrica de medicamentos de las afueras al que tras el Plan de prejubilación llevado a cabo por la empresa en los 80 le había quedado una miseria de pensión y tuvo que tirar de sus antiguos compañeros para con el contrabando de medicamentos ganar un dinero extra con el que poder sobrevivir.

Fueron casi tres meses de llamadas y conversaciones telefónicas hasta que pude finalmente estar frente a frente con él. Necesitaba el dinero pero no quería verse envuelto en un caso de suicidio. Los medicamentos que sacaba de la fábrica eran por lo general para la cura de gripes o para reducir el dolor, medicamentos por los que en caso de ser descubierto a penas le caería una pequeña multa que el propio Gobierno le retiraría al poseer una pensión mínima. Todo sería diferente si el medicamento tenía por fin el suicidio, el Gobierno había endurecido severamente las penas contra aquellos que participasen en un caso de suicidio tras el aumento de éstos en los últimos meses. Hontania se había convertido en el primer país de la OMS en número de suicidio por habitantes y eso difería de la versión oficial de un país prospero y un pueblo contento con la acción de su Gobierno.

Pum era una ciudad tan vigilada que el lugar idóneo para llevar a cabo la transacción era uno de gran aglomeración, si en cualquier lugar había cámaras entonces lo mejor era que esas cámaras y los ojos que había tras ellas tuvieran muchas personas en las que fijarse. Así que decidimos quedar en la recién inaugurada estación de Metro de Bieria. A la hora indicada, en el vagón acordado él me metió las pastillas y yo le di el sobre con el dinero. En la siguiente parada él se bajó y yo me quedé sentado en el vagón un par de paradas más pensando qué hacer. Ya tenía la solución a mis problemas, ahora sólo tenía que tomar la decisión de llevarla a la práctica.

Antes de tomarme aquellos medicamentos decidí dar un paseo por el Parque Ray, ahora renombrado por la revolución Parque de la Libertad, y recordar tantos y tantos momentos allí vividos. Mis primeros juegos de la mano de mi padre, mis primeras peleas por no aceptar una derrota al balón, mis primeros besos con aquellas primeras chicas, mis primeras carreras huyendo de los agentes de seguridad, mis primeros acordes con una guitarra, mis primeros desengaños, mis primeras borracheras, mis primeros intentos y fracasos, mis primeros últimos y por fin mi último momento. Todos ellos se me vinieron a la mente de golpe y no pude evitar que mi última lágrima fuera para todos y cada uno de ellos pues yo no era otra cosa que el resultado de todos ellos.

Me volví a subir al Metro para dirigirme a mi casa. A esa hora no había muchas personas pero quería soledad e intimidad por lo que me dirigí al final del andén donde nadie me molestara. Allí esperé pacientemente los cinco minutos que marcaba el letrero de la estación en una evasión total hasta que de pronto ...

- Oiga perdone, para ir a Gregory Manaron.

En aquel primer momento no había escuchado nada. No sé si aquella parejita de jóvenes llevaban mucho tiempo junto a mí y desde cuando estarían hablándome por lo que tuve que pedirles que me repitieran la pregunta.

- Sí, mire, queremos ir a “Músiclife” y nos han dicho que está en la estación de Gregory Manaron, pero es que no somos de Pum y bueno estamos un poco perdidos.

De repente frente a ellos volví a evadirme. “Musiclife” había sido el lugar donde hacía cuarenta años yo conocí a la música y donde años después di mi primer concierto haciéndome uno de los artistas invitados asiduos hasta que circunstancias de la vida lo alejan a uno de todo. Mirándolos me recordaba a mi y a tantos amigos que se quedaron por el camino. Con esos pelos largos, esas chaquetas vaqueras varias tallas más grandes, esa piel repleta de acné y esas guitarras al hombro me volvieron a venir buenos recuerdos de tiempos en los que no pensaba en suicidios sino en todo tipo de excesos que hoy día tal vez me habrían llevado a la muerte involuntariamente.



- La de Gregory Manaron no es la que mejor os viene. Ya veo que siguen dándola como referencia, como se nota que “El cejas” no ha tenido que subir nunca la cuestecita que hay desde la salida del Metro.
- ¿Usted sabe donde está el “Músiclife”?
- Si yo os contara.
- ¿Le importaría acompañarnos? Es que tenemos una prueba ahora y es en 35 minutos y si usted sabe cómo llegar rápidamente. Le invitamos a una caña luego.
- A una o a las que usted pida, jefe.

Metí la mano en el bolsillo para comprobar si allí seguían las pastillas. Las apreté con fuerza como si quisiera transmitirles que no me olvidaba de ellas, que seguían en mi mente aunque tal vez deberían esperar un par de horitas más hasta cumplir su función.

Aquella mañana acompañé a aquellos chicos al “Músiclife” y sin saber muy bien por qué decidieron hacerme su manager. Aquellos jodidos desconocidos habían conseguido darme un último aliento de vida en los que iban a ser mis últimos segundos de vida. El inicio de su nueva vida se unió con el final de una etapa de la mía. Y aquél día descubrí que a mi edad todavía podía aprender y sorprenderme.

miércoles, abril 08, 2009

Qué duro es admitirlo

Shhhh calla, calla puñetera conciencia, calla que si te oyen se van a dar cuenta, calla que si se dan cuenta me van a preguntar, me van a someter a un bombardeo de interrogantes infinitos a los que si no contesto generaré dudas, temores y todo tipo de teorías; si digo la verdad la preocupación se hará fuerte en ellos y tendré que soportar el ser observado bajo sus ojos condescendientes; pero si miento será aún peor porque la mayoría no me creerá y les generaré dudas, temores, todo tipo de teorías, preocupación, condescendencia y además te tendré que escuchar a ti cómo me machacas con que la respuesta era un claro y evidente "Sí" y cómo mi cobardía ha vencido en la batalla.

¡Mierda!, te ha escuchado, y ha tenido que ser precisamente ella. Con todas las personas que hay a mi alrededor ella precisamente nos ha escuchado discutir y sé que ahora mismo está hablando con su conciencia sobre nosotros. Espero que no, que no se decida a hacerme la pregunta, que se la guarde, que crea que quizá se equivoca y preguntármelo podría no ayudarme. Joder, pero es que sus ojos me lo están anunciando, lo va a hacer. ¿Qué hago? No encuentro un hueco en todo este maldito suelo en el que esconder la cabeza. ¿Cómo ha llegado esta conversación hasta este punto? Idiota, has sido tú quién le ha ido dejando las miguitas de pan y ella tan solo las ha seguido. Ahí la tienes, compartiendo sofá, mirándote fijamente, su cara lo dice todo, ha decidido preguntártelo.

¿Estás ...?

Sí, un poco.

viernes, febrero 20, 2009

Tenemos que hablar

Capítulo 3 – día 2

El sol comienza a despedirse lentamente del día cuando Claudia llega a casa tras un duro día en la librería. Hoy han comenzado a llegar los primeros libros del próximo curso y entre ella y Jasmina han tenido que mover una gran cantidad de estanterías y muebles para hacer espacio. Las pequeñas librerías no disponen de almacenes amplios como las grandes superficies y en la época pre-inicio del curso escolar se podría decir que sus trabajadores se convierten en jugadores de un tetris en 3D.

Claudia abre el frigorífico y saca verduras y carne para empezar a preparar la cena. Esta noche quiere hablar con Félix y eso le pone un poco nerviosa. Desde que iniciaron su relación ella ha sabido jugar en todo momento el papel de secundaria, es consciente de ello, pero nunca lo ha vivido como víctima sino como un rol bastante cómodo. Félix ha sido siempre en el argot de los documentales de naturaleza “el macho dominante”, la prioridad para Claudia y eso va a cambiar. Ella tiene miedo pues no sabe cómo va a reaccionar.

El sonido de las bisagras de la puerta advierten a Claudia de que Félix ya está en casa. Justo cuando la puerta se cierra ella siente una fuerte explosión en su corazón. Duda, no sabe si podrá hacerlo pero no le queda otra salida. Deja el cuchillo sobre la tabla y espera a que él entre por la puerta como cada día, la abrace por la espalda y comience a besarle lentamente el cuello hasta subir a la nuca y como siempre ella no podrá resistir la tentación de darse la vuelta para mirar frente a frente sus ojos. Eso es lo que ella creía que iba a pasar ese día pero no fue así.

- ¿hola? – Preguntó ella como si estuviera jugando como otras veces al escondite.
- ¡hola! – Contestó él con calculada frialdad.
- ¿qué tal ojitos?, ¿hoy has tenido un día mejor?
- Bueno, teniendo en cuenta que no pegué ojo en toda la noche, que llevo todo el puto día pensando qué será de lo que quieres hablar y que por todo ello no he estado concentrado en todo el día en ni uno solo de los papeles que tenía frente a mí y mañana tengo que presentar un proyecto de vital importancia para el futuro de mi empresa.
- ¿de verdad que has estado preguntándote eso todo el día?
- Sí.
- ¿y de qué crees que quiero hablar?
- Pues si lo supiera no habría estado todo el día preguntándomelo, ¿no crees? Así que venga habla de una vez.
- ¿no prefieres ponerte cómodo antes?
- No, prefiero seguir vestido por si a caso.
- ¿Por si a caso qué?
- Tengo que salir por la puerta.

Claudia suelta una sonrisa nerviosa y no sabe cómo empezar a decirle que está embarazada. Parece sencillo, un simple “estoy embarazada”, pero él no se lo pone fácil.

- Claudia , ¿es esto el final?
- ¿cómo?
- Que si quieres que lo dejemos.
- Félix, estoy embarazada.
- ¿Qué?, ¿cómo?, pero ... ¿desde cuando?, ¿embarazada?, pero ¿y la píldora? ¡Claudia!
- Sí Félix, embarazada. Estoy de 9 semanas y hace tres meses que dejé de tomar la píldora y tres meses que te lo dije pero es evidente que no me escuchaste.
- Pero Claudia, yo no ... ¿ser padres? Somos jóvenes aún, nos queda mucho por hacer, ¿qué hay de ese viaje por el Magreb del que siempre has hablado?
- Félix, por favor, sabes perfectamente que tú jamás irías más de dos días a ningún lugar en el que no hubiesen buenos hoteles, comida, bebida y fiesta.
- Pues no te lo vas a creer pero ...
- No, no me lo creo. Así que mejor no sigas. Es evidente que no te ha hecho ilusión la noticia. Y tal vez la estúpida, otra vez, he sido yo por creer que tú ... que esta vez quizá sí, pero no. Félix, tal vez deberíamos tomarnos un tiempo.
- ¿un tiempo para qué?, ¿para pensar?, ¿sobre qué?. Yo lo tengo todo bastante claro Claudia. Te quiero y me gustaría formar algún día una familia pero ahora me parece un poco pronto.
- Félix, tomémonos un tiempo. Unos días. Me voy a casa de mis padres y ...
- Está bien, está bien. Nos tomamos un tiempo. Tú quédate aquí, yo me voy a casa de mi hermano o de Toni. Pero Claudia quiero que sepas que te quiero.
- Yo también te quiero pero tal vez deberíamos ver cómo nos queremos.

lunes, febrero 16, 2009

Tenemos que hablar

Capítulo 2 – día 1

Félix ha quedado con Toni, su mejor amigo y único en su lista, en el bar de toda la vida: el Cherry. Lugar de encuentro de la antigua pandilla a la que Félix fue dando poco a poco de lado para centrarse en su vida laboral y en su relación con Claudia. Al revés de cómo suele suceder en la mayoría de los casos ella quería Félix continuara con la vida que había llevado hasta el día en que la conoció precisamente allí, en el Cherry. Pero Félix impedía que ella tuviera relación con sus amigos pues creía que de ese modo evitaría volver a sufrir una infidelidad con un amigo. Lo que Félix no supo nunca es que Claudia en un bar lleno de chicos tan solo lo veía a él.

- Tío, tienes mala cara, ¿estas bien? – dijo Toni que en cuanto vio entrar a su amigo por la puerta supo que aquella tarde no habían venido a hablar de la última infidelidad de él.

- No, Toni, no estoy bien. Por eso quería quedar contigo porque necesitaba desahogarme con alguien. Estoy a punto de explotar, mira, mira, tócame el corazón lo notas. A punto de salirse del pecho.

- A ver, ¿qué pasa?, ¿el curro?, ¿Claudia?, ¿alguna de las otras?

- ¿las otras? Pero si no tengo tiempo ni para eso Toni. Con lo que yo he sido y ahora parezco un borrego. Salgo del trabajo a las mil y de allí a casa, donde intento tener una relación normal con mi chica y ¿qué me encuentro? Que la niña no parece escuchar nada de lo que le digo.

- ¿qué ha pasado?

- Pues ha pasado que después de recibir una bronca inmerecida en el trabajo me voy a casa, trato de desahogarme con ella y no recibo ningún tipo de consuelo por su parte. Al menos sentir que me ha escuchado, ¿sabes? Pues nada de eso. Coge la chica y sin saber muy bien por qué, se da media vuelta con la cara de perro que se le pone y se va a la cama.

- Bueno, Félix, ya sabemos cómo te pones tú cuando te enfadas. ¿le dijiste algo que no deberías?

- No, vamos no recuerdo decirle nada como para que se pusiera así. Me dijo que quizá estaba exagerando un poco y yo le dije que en mi trabajo sufro mucha más presión que ella en el suyo. Pero es verdad, joder ...

- ¿Y entonces?

- Pues toda la noche culo con culo, sin una palabra, sin pegar ojo y justo esta mañana cuando me iba por la puerta me dice “Tenemos que hablar”. Toda la noche para hacerlo y me lo tiene que decir justo cuando estoy saliendo por la puerta.

- Bueno, quizá te quiso contar algo anoche y ...

- Que no, que yo le pregunté como siempre que como estaba y no me dijo nada. Que me quiere dejar Toni, que lo sé yo, que cuando una tía te dice eso es que se ha dado cuenta de algo. Y ahora mi enfado de ayer ha sido la excusa perfecta para que yo no pueda replicarle nada y tenga que asumir mi parte de culpa, pues ¿sabes qué? Que no lo voy a hacer, porque yo ayer tenía un buen motivo, porque yo llevo currando como un cabrón todos estos años por nosotros, para que ella tenga una casa en condiciones, para que podamos hacer todos esos viajes que ella siempre quiso hacer, y ahora me va a venir con que no es feliz y ...

- Félix, creo que te estás apresurando un poco. Te ha dicho que quiere hablar, Ana me dice eso a mí cada mes y medio y al final hablamos y ya.

- Pero Claudia no es Ana, Toni. Claudia no me dice nunca “tenemos que hablar”.

- Bueno,las personas cambiamos Toni, tal vez ella ahora necesite comunicarse más contigo. Mira vamos a hacer una cosa ¿nos vemos mañana otra vez y me lo cuentas?

- Vale, pero ...

- Pero nada, que vamos a hablar de otra cosa. Anda que tu equipo vaya racha lleva desde que ...

domingo, febrero 15, 2009

Tenemos que hablar

Capítulo 1 – Día 4

Félix llega a casa con la certeza de que ahora va a ser él quien plantee a Claudia la necesidad de hablar sobre su situación actual que tras el último capítulo ha cambiado de manera importante. Por petición de ella la pareja han pasado varios días separados. Él se ha marchado al piso de su hermano Jesús donde además viven Susana, cuñada de Félix, y sus sobrinos Ginés y Lucía. Félix ha tenido el tiempo, el espacio y las circunstancias adecuadas para reflexionar sobre su relación con Claudia y ha tomado una decisión.

(suena el timbre de la puerta)

Hola – dice una Claudia que con su tono, su mirada y sus gestos está tratando de decirle a Félix que ya no está tan enfadada como la última vez que se vieron y uno de los platos voló por toda la cocina hasta impactar en el frigorífico.

Hola, Claudia. – Responde Félix con una frialdad que no esperaba ella y que le hace desde ese instante empezar a temer en lo peor.

Pasa ojitos que se mete el frío y llevo toda la tarde tratando de calentar el salón – De nuevo ella intenta transmitirle cercanía y amor, pero él otra vez consigue que todo el cuerpo de Claudia se sienta tan frío como el resto de una casa en la que se ve sola.

Claudia ha preparado unos entrantes que ha estado preparando toda la tarde y que han sido elegidos al gusto de él. Pero Félix se sienta en el sofá y a penas mira a la mesa. Claudia ya no sabe cómo reaccionar y lo único que hace es sentarse junto a él y mirarlo. Félix sabe lo que quiere decir pero es obvio que no tenía pensado cómo hacerlo y empezarlo. Trata de iniciar dos conversaciones sin sentido pero una Claudia, ya en ese momento atacada de los nervios, a penas se da cuenta y con la misma torpeza responde a preguntas que no han sido formuladas.

Claudia, mira, tenemos que hablar. – ella asiente – Creo que es obvio que yo no esperaba esta nueva situación y a decir verdad a día de hoy aún no he conseguido asimilarla. Pero de lo que sí estoy seguro es que en estos momentos de mi vida mis prioridades en la vida son otras y ni puedo, ni quiero iniciar una nueva etapa como esa. Entiendo que esto te puede parecer una bomba, pero es exactamente lo que me pareció a mi la noticia que me diste tú. Claudia, no quiero seguir con nuestra relación. De hecho si somos realistas ambos debemos admitir que ya hacía varios meses que lo nuestro no funcionaba y si ha tenido que pasar esto para que uno de los dos se de cuenta, pues me alegro.

Félix se calla y Claudia no se halla. Durante unos pequeños segundos Félix escucha en su mente “ya está, lo has hecho, vete, sal de aquí” mientras Claudia sólo escucha “no quiero seguir con nuestra relación”.

¿tienes algo que decir Claudia? – Pregunta Félix con la esperanza de que no haya más respuesta que un no.

Pues ... Félix, yo no ..., es decir, no estaba preparada para esto.

Lo sé Claudia, no creas que a mí no me ha costado darme cuenta y asumirlo, pero estos días en casa de mi hermano han sido suficientes para darme cuenta la vida que no quiero llevar y creo que sería justo la que tú y yo llevaríamos si seguimos juntos.
Claudia tan solo escucha algunas de las palabras de quien hasta hace cinco días era su pareja, con quien había planeado pasar el resto de sus días juntos y quien, obviando la nueva situación, ha tomado unilateralmente la decisión de poner fin a seis años y 8 meses de relación.

Bueno, creo que tal vez no es el momento de hablar, cuando quieras hacerlo Claudia ya sabes que puedes contar conmigo y en cuanto a lo otro espero que compartas conmigo que seguir adelante no es lo adecuado.
Félix le da un beso en la mejilla a Claudia y la deja sentada en el sofá. Se levanta y se dirige sin mirar hacia atrás hacia la puerta deseando que ella antes o después lo entienda todo y ese instante sea el punto y final a lo que hace seis años y ocho meses era un “lo nuestro” que convertía el cuerpo de ambos en una lujuria de hormonas.

lunes, enero 26, 2009

Recuerdos

Siempre me ha resultado curioso y ha despertado mi atención los por qué de muchas de las cosas de nuestro día a día. Esas pequeñas cositas que de niño siempre tienen un "¿Y por qué papá/mamá?" por pregunta y un resignado " porque sí". Uno de los grandes por qué es cómo un rayo de luz que atraviese el objetivo de una cámara convierte en inmortal un instante de nuestras vidas. Ese instante quedará para siempre en el recuerdo.
Pues bien, en mi carrete fotográfico personal hay una serie de instantáneas que no sé muy bien el motivo pero se han quedado impregnadas, por ese rayito de luz, en mi memoria y últimamente se muestran en mi.
El primer recuerdo que tengo siempre he creído que tuvo que ser algún sueño de niño que quedó grabado como recuerdo. Cuando lo comentaba con mi madre o mi abuela ellas siempre me decían que no recordaban aquel día, pero tengo guardado ese instante en el que yo sentado en alguna amaca de bebé, en mitad de la playa era el centro de todas las atenciones. Y en concreto recuerdo al "chacho" Leandro (hermano de mi abuela materna) diciéndome alguna gracia.
Otros recuerdos no son tan agradables. Como aquel día que salimos mi padre, mi madre y yo en el coche a dar una vuelta y por algún motivo yo no quise ir a algún sitio, lo cual provocó el enfado de mi madre y la vuelta rápida a casa. Yo estaba sentado en la parte de atrás del coche y recuerdo la cara de mi padre cuando al sacar la llave del contacto se giró para mirarme y sin decir palabra me transmitió un "por tu culpa hoy tampoco hemos disfrutado de un día en familia".
También me vienen muchos momentos de mis veranos en La Manga. Recuerdo cuando sacaba a pasear al perro de mi abuela, un pekinés que se llamaba Oscar y aunque un poco gruñón en el fondo era un buen tipo. O cuando preparábamos los bailes para algún cumpleaños y me sentía parte de un grupo en el que todos los veranos había alguna pelea, escisión y reconciliación. Ya por entoncés casi siempre estaba en medio. También recuerdo un día que abducido por la Nintendo estuve muchas horas metido en casa de Juanje, un pelirojo murciano, hermano de Sole, ¡vaya con la Sole!.El caso es que mi abuela, una mujer de excesiva tranquilidad, se puso muy nerviosa y salió a la calle a buscarme pensando que algo grave me habría pasado. Nunca volví a ver a mi abuela tan nerviosa. Pero hay un recuerdo gracioso, y que estoy seguro que como la mayoría de ellos la persona implicada no recordará. Una tarde de verano Lourdes, la chica que durante varios veranos me hizo desviar muchas miradas hacia su balcón en búsqueda de su inocente y pícara mirada, desde un septimo u octavo piso me dijo "Manuel, tengo un conejo". Y yo, desde mi inocencia, le contesté: "Ya, me lo imaginaba".
Del día de mi comunión recuerdo sangre, mucha sangre, y toda procedente de mi nariz que, tras una breve incursión de uno de mis dedos, decidió alzarse con el protagonismo del día y casi lo consiguió. Afortunadamente había una estudiante de medicina. De otras comuniones me vienen a la memoria una en Mula en la que un grupo de niños decidimos arrojar neumáticos de camión cuesta abajo para que chocaran contra los coches y la de mi primo Salva en la que no recuerdo quién sacó toda mi furia y entre varios adultos se las veían incapaces para poder controlarme.
Y estos son solo algunos de los muchos recuerdos que han acudido a mi mente, pero ahora sentado frente a este portatil me vienen más y más, y cobran vida, y viajo en el tiempo y pienso que quizá algún día recuerde el día en el que recordé.

jueves, enero 15, 2009

Os estoy observando

Este mensaje va destinado para todos vosotros, no hace falta que diga ni nombres, ni edades, ni rasgos físicos, ni a qué grupo pertenecéis porque vosotros ya sabéis que estáis siendo observados pero con la pequeña diferencia respecto a mi de que no conocéis mi identidad.
Es por ello que os recomiendo que caminéis por las calles con cautela pues ahí estoy, esperando el momento oportuno para actuar, para acometer la función que me ha sido asignada y os aseguro que en más de una ocasión he podido sacar la pistola y atravesaros la sien con cualquiera de las balas que tengo preparadas para vosotros. No me ha detenido el miedo sino la compasión por todas aquellas personas que nos rodeaban en una tienda, en un cine, en la calle o en los pasillos del metro. Mientras he disfrutado imaginando la trayectoria de la bala desde que apretaba el gatillo hasta que se introducía en vuestro cráneo en ocasiones para abandonarlo y en otras para quedarse en su interior provocandoos una lenta muerte. He visionado cómo la sangre se extendía lentamente alrededor de vuestro cuerpo y cómo me permitía el lujo de miraros frente a frente a vuestros ojos deseandoos un buen viaje.
He preparado con mimo cada una de esas balas. Cada una de ellas tiene un destinatario, una bala por persona, no necesito más.
Tened la certeza de que pronto, en cuanto abandone estas cuatro paredes que me separan del mundo en el que vivís saldré y os buscaré uno a uno. Hasta entonces, disfrutad del tiempo que os resta.

miércoles, enero 14, 2009

En martes 13, ni te cases, ni te ...

Aquel año, como sucedía tres de cada cuatro, estaba compuesto por 365 días cada uno de ellos con sus respectivas 24 horas. Y de entre los 365 días sólo había dos martes que cayesen en 13, el de enero y el de octubre. Yo nunca fui muy seguidor de este tipo de chorradas porque de serlo habría tantos gatos negros que matar, tantas escaleras que bordear, tantos paraguas que abrir y cerrar, tanta sal que no derramar y en definitiva tantos pequeños detalles que tener en cuenta que dificilmente uno podría disfrutar del día a día. Pero como dicen los gallegos sobre las bruixas "haberlas haylas".

El caso fue que de entre todos aquellos días yo decidí dar un paso al frente un martes trece que al caer en el mes de enero se trataba también del día número 13 de aquel año.
Curiosamente en el trabajo que por aquel entonces tenía merodeaba una gata negra que dormía en una pequeña cajita de cartón, con un antiguo pantalón de algodón cómo manta y junto a una puerta de cristal rota algunos meses atrás.
Aquella mañana una fuerte tormenta de agua nieve cayó sobre la ciudad y todos los transeúntes salieron a la calle con su paraguas, salvo yo que siempre disfrutaba de la lluvia incluso cuando está se asimilaba a las veces en que rascamos el congelador por la cantidad de escarcha que se ha asentado en él. Justo cuando decicí salir a hacer la compra mi vecina del quinto, una mujer de avanzada edad y de avanzado carácter, regresaba de hacer la suya cubierta poe un paraguas que azotado por el temporal no cumplía su cometido. Fue entonces cuando me ofrecí a echarle una mano a subir su carro, pero su genio y sus ganas de querer mostrarse autosuficiente solo le permitieron darme el paraguas que cuando me quise dar cuenta estaba abierto en el interior de la casa de la señora.
Todo eran señales pero yo no quise hacerles caso. Miré hacia otro lado e insistí en que aquel martes trece mi vida fuese reconducida. Di un paso al frente y me puse en contacto con ella, hacía tiempo que quería hablarle de la nueva situación, de que algo había cambiado, pero aquel martes trece lo era para todos. Definitivamente no parecía el elegido para que todo cambiase. O tal vez sí. Me acordé de las cartas que mi abuelo le enviaba a mi abuela desde el frente y pensé que desde mi frente y desde mi tiempo yo también podía comunicarme de otra manera. Y lo hice, y me liberé, y me sinceré, y abrí el corazón y la mente. Y todo en un martes trece.

Y hoy lo único que puedo decir es que al día siguiente fue miercoles, de número catorce, y la vida siguió porque ella no entiende de calendarios ni supersticiones. Porque la vida la vamos creando nosotros y aunque a veces no lo creamos somos más dueños de nuestro destino de lo que creemos.

viernes, enero 02, 2009

Mensaje a todas las galaxias

Navegantes del espacio;
en nombre de Publicaciones Austin Power les transmito nuestras más sinceras disculpas. Tras muchos años de publicaciones diarias, nuestras empresa ha sufrido un fallo general en el sistema por el que no podemos publicar en ningún soporte audiovisual los diferentes trabajos de nuestros escritores.
Los técnicos se afanan en reparar y llegar al origen del problema pero nos han comunicado que ésto les puede llevar varios días. Es por ello que nos ponemos en contacto con ustedes para informarles de que hasta la reparación del sistema informático Austin Power ha decidido publicar sus obras como lo hicieron nuestros antepasados: en papel.
Próximamente recibirán en sus casas los ejemplares de la suscripción a la que estuviera suscrito.
Muchas gracias por su comprensión.
Reciban un cordial saludo de todos los que formamos Publicaciones Austin Power.

Tombuctú Beckham
Presidente de Publicaciones Austin Power