
Recuerdo cada momento de aquella tarde porque ahora lo daría todo por volver a ella. Yo me encontraba allí esperando a Susana, la chica con la que llevo compartiendo mi vida desde hace dos años y tres meses, incluida aquella misma tarde que se convirtió en el principio de una historia que tal vez hoy toque a su fin en una fría tarde de Julio.
Susana y yo nos fuimos a vivir juntos un día después de conocernos en persona. Anteriormente habíamos estado hablando por teléfono durante casi un año. Nos conocimos por error como siempre nos ha gustado contar. El 24 de marzo de 2005 yo esperaba la llamada telefónica de la que iba a ser mi jefa. Ese mismo día a Susana le dieron de manera equivocada mi número de móvil en la que iba a ser mi empresa. Casualmente los dos esperábamos el mismo día una llamada de un desconocido para iniciar una nueva etapa profesional y cosas del destino mi jefa y mi futura novia tenían el mismo nombre y casi el mismo número de teléfono. Tardamos casi veinte minutos en darnos cuenta que aquello era un error pero para entonces ambos nos habíamos caído bien. A pesar de ello volvieron a pasar seis días hasta que me atreví a marcar su número. Afortunadamente lo hice porque aunque ella también estaba deseando hacerlo, después me di cuenta que en aquel momento ella carecía del valor suficiente. Durante meses nuestras voces contaban al otro nuestro día a día, incluidas pequeñas historias con terceras personas que no llegaban a nada ya que la atracción entre nosotros ya era un hecho y lo único que debíamos hacer era dar el paso. Para aquella tarde de Abril ella ya había comenzado a tener seguridad y cogió el primer bus que le llevara a Madrid, donde se presentó sin darme a penas tiempo para que pudiera reaccionar.
Hemos vivido dos años de auténtico amor y pasión en el que todas las carencias que hay a nuestro alrededor a penas han tenido importancia y nunca han afectado a nuestra propia relación. Recuerdo sus ojos brillantes y su sonrisa transmisora de energía la tarde que nos colamos en el Parque de Atracciones y estuvimos todo el día montando en las atracciones. No puedo dejar de pensar en la primera vez que lo hicimos, fue en la cama de mi hermana ya que mi sofá estaba ocupado por una visita, y cómo Brad Pitt miraba con asombro cómo de nuestros cuerpos se desprendían cargas de energía capaz de alumbrar toda la ciudad de Madrid durante horas.
Después vino nuestro propio piso de alquiler en el que casi teníamos que decidir si en él vivían los muebles o nosotros. Las noches en vela por las peleas de la pareja del piso de al lado que pasábamos soñando en el futuro que nos esperaba lejos de todo aquello, felices, rodeados de nuestros hijos que nos hacían ya discutir entre si llamarlos Andrés o David.
Pero poco a poco y sin darnos cuenta todo aquello se fue apagando. Me quedé sin empleo por culpa de una pareja que se coló en el Museo en el que trabajaba de seguridad. Ella comenzó a salir con sus compañeras del trabajo. Yo pasaba las noches de discusiones en vela sólo viendo películas de Brad Pitt que me recordaban a aquellas tardes en la habitación de mi hermana. Las conversaciones de nuestro futuro desaparecieron y sólo habían discusiones de nuestro pasado.
Ahora soy yo el que no tiene el valor suficiente de hablar, soy yo el que tiene miedo a que todo acabe, que nuestra pequeña historia toque a su fin y ella se marche de mi lado. Ahora ella tiene seguridad en sí misma y sabe que puede tener una vida mejor, que sus sueños tienen un peso en mi que les impiden volar. La quiero, la amo demasiado como para impedirle ser feliz. Cuando una historia toca a su fin hay que saber estar a la altura y yo no estoy preparado, así que aquí te espero, en el mismo banco en el que hace ahora dos años y tres meses te esperaba con el único deseo de que todo vuelva a ser como aquella tarde cuando el tiempo no pasaba.
