miércoles, julio 23, 2008

Cuando el tiempo

Juraría que aquella aguja que marcaba los segundos se paró en alguna ocasión de aquella tarde lluviosa de Abril. Incluso me apostaría el dedo meñique de mi mano izquierda que no tengo a que por momentos incluso retrocedía. A pesar de la lluvia el hall de la estación de autobuses era un hervidero en el que cada una de las personas que formábamos parte de él intentábamos apaciguar el calor con cualquier objeto. Una mujer utilizaba la revista de Barbie, que minutos antes había comprado en el kiosco de la estación a su hija, para abanicarse sin darse cuenta que las estampitas de la rubia estaban dentro hasta el primer abanicado lo que provocó el llanto de la niña y un aumento de calor a la madre. Una señora de la limpieza había llenado un pulverizador de agua para aliviar el calor sin darse cuenta que su pecho adquiría un tono sensual que calentaba las jóvenes hormonas de un chaval.



Recuerdo cada momento de aquella tarde porque ahora lo daría todo por volver a ella. Yo me encontraba allí esperando a Susana, la chica con la que llevo compartiendo mi vida desde hace dos años y tres meses, incluida aquella misma tarde que se convirtió en el principio de una historia que tal vez hoy toque a su fin en una fría tarde de Julio.
Susana y yo nos fuimos a vivir juntos un día después de conocernos en persona. Anteriormente habíamos estado hablando por teléfono durante casi un año. Nos conocimos por error como siempre nos ha gustado contar. El 24 de marzo de 2005 yo esperaba la llamada telefónica de la que iba a ser mi jefa. Ese mismo día a Susana le dieron de manera equivocada mi número de móvil en la que iba a ser mi empresa. Casualmente los dos esperábamos el mismo día una llamada de un desconocido para iniciar una nueva etapa profesional y cosas del destino mi jefa y mi futura novia tenían el mismo nombre y casi el mismo número de teléfono. Tardamos casi veinte minutos en darnos cuenta que aquello era un error pero para entonces ambos nos habíamos caído bien. A pesar de ello volvieron a pasar seis días hasta que me atreví a marcar su número. Afortunadamente lo hice porque aunque ella también estaba deseando hacerlo, después me di cuenta que en aquel momento ella carecía del valor suficiente. Durante meses nuestras voces contaban al otro nuestro día a día, incluidas pequeñas historias con terceras personas que no llegaban a nada ya que la atracción entre nosotros ya era un hecho y lo único que debíamos hacer era dar el paso. Para aquella tarde de Abril ella ya había comenzado a tener seguridad y cogió el primer bus que le llevara a Madrid, donde se presentó sin darme a penas tiempo para que pudiera reaccionar.
Hemos vivido dos años de auténtico amor y pasión en el que todas las carencias que hay a nuestro alrededor a penas han tenido importancia y nunca han afectado a nuestra propia relación. Recuerdo sus ojos brillantes y su sonrisa transmisora de energía la tarde que nos colamos en el Parque de Atracciones y estuvimos todo el día montando en las atracciones. No puedo dejar de pensar en la primera vez que lo hicimos, fue en la cama de mi hermana ya que mi sofá estaba ocupado por una visita, y cómo Brad Pitt miraba con asombro cómo de nuestros cuerpos se desprendían cargas de energía capaz de alumbrar toda la ciudad de Madrid durante horas.
Después vino nuestro propio piso de alquiler en el que casi teníamos que decidir si en él vivían los muebles o nosotros. Las noches en vela por las peleas de la pareja del piso de al lado que pasábamos soñando en el futuro que nos esperaba lejos de todo aquello, felices, rodeados de nuestros hijos que nos hacían ya discutir entre si llamarlos Andrés o David.
Pero poco a poco y sin darnos cuenta todo aquello se fue apagando. Me quedé sin empleo por culpa de una pareja que se coló en el Museo en el que trabajaba de seguridad. Ella comenzó a salir con sus compañeras del trabajo. Yo pasaba las noches de discusiones en vela sólo viendo películas de Brad Pitt que me recordaban a aquellas tardes en la habitación de mi hermana. Las conversaciones de nuestro futuro desaparecieron y sólo habían discusiones de nuestro pasado.
Ahora soy yo el que no tiene el valor suficiente de hablar, soy yo el que tiene miedo a que todo acabe, que nuestra pequeña historia toque a su fin y ella se marche de mi lado. Ahora ella tiene seguridad en sí misma y sabe que puede tener una vida mejor, que sus sueños tienen un peso en mi que les impiden volar. La quiero, la amo demasiado como para impedirle ser feliz. Cuando una historia toca a su fin hay que saber estar a la altura y yo no estoy preparado, así que aquí te espero, en el mismo banco en el que hace ahora dos años y tres meses te esperaba con el único deseo de que todo vuelva a ser como aquella tarde cuando el tiempo no pasaba.

sábado, julio 12, 2008

El sol volverá a brillar

¿Y qué le pasa exactamente? – me pregunta Jacobo, amigo desde la infancia y amante como yo de las plantas. Y no sé muy bien qué responder a su pregunta lo cual me llena más de preocupación si cabe. Hace ya un par de días que esté donde esté o con quién esté sólo me paro a pensar en esa pequeña planta que hace ya ocho años me encontré por casualidad en una tienda. He de admitir que por aquella época yo no era muy aficionado a la botánica pero por alguna razón aquellas hojitas entrelazadas me dijeron llévame contigo y así lo hice.
Con el paso del tiempo ella y yo fuimos conociendo más cosas el uno del otro. Yo lo mucho que te puede aportar un ser vivo como aquel, ella que el ser humano puede llegar a ser un gran amigo aún cuando en ocasiones olvidara echarle agua o ponerla al sol durante un par de días. Pero no me lo tenía en cuenta, de nuevo recobraba su color original, incluso le brotaban pequeñas hojitas de un color rojo revolucionario que la hacían sin duda la planta más espectacular de todo el patio.



Cuantas tardes hemos pasado juntos escuchando música mientras yo me dedicaba a observarla y escribir sobre la vida misma que en muchas ocasiones se parece a la vida de una planta. El ser humano también necesita que lo rieguen, que le de el sol, que le digan cosas bonitas, Botánica-terapia que lo llamo yo.
Pero desde hace un par de semanas sus hojas comenzaron a marchitarse y sus ramas van descendiendo lentamente tomando un color amarillento que entristece toda mi casa. Ni el agua, ni el Sol, ni siquiera una buena canción de Marlango parece servirle y ando preocupado, aunque sé que como siempre ella volverá a resurgir, por algo la llamo “mi pequeña fénix”. Estoy seguro de que en pocos días recobrará su color verde original, el rojo de sus pequeñas flores volverá a brotar, de nuevo danzará con el viento el vals de “La bella durmiente” que como ella yace esperando a que un beso verdadero la despierte. “Mi pequeña fénix” muy pronto ese beso llegará y el sol volverá a brillar.

miércoles, julio 09, 2008

El momento

Cuantas veces he vuelto a soñar con aquel momento exacto en el que todo parecía un viaje con destino a mis propios sueños, cada objeto en su lugar, cada parte de tu cuerpo en la postura exacta y perfecta, cada latido de mi corazón a su debido ritmo, cada segundo marcado por tu respiración. Pero como los sueños, los momentos pasan, finalizan y se convierten en recuerdos como este del que vivo ahora, como este que mantiene la llama en su justa temperatura aunque a veces parezca cercana al incendio, a la devastación.
En una película que nunca vi contigo decían que hay momentos en los que uno tiene que decir lo que siente pues es en ese exacto momento en el que tus sentimientos son tan puros que te podrían elevar del suelo, te traerían aquella estrella y podrías vivir eternamente solo con el recuerdo de aquel sentimiento.
Recuerdo como en aquel preciso momento los rayos del sol comenzaron a colarse lentamente entre los huecos de una persiana mal cerrada y daban un color especial a tu pelo anaranjado que se deslizaba con sugerentes curvas por un cuello cuya piel agradecía los rayos de sol tomados durante aquellos días. Toda tu piel comenzó a sentir un viento fresco que el mar empujaba hasta nosotros quizá para que tu sueño quedara roto y nuestros ojos pudieran ver juntos los primeros segundos de aquel día que fue nuestro último día. Yo lo viví por los dos, disfruté con cada soplido marino y con cada rayo que Apolo nos enviaba quizá con la intención de que algo prendiera entre nosotros pero no fue así y aquel momento se acabó.



Tú te despertaste y yo no encontré el valor suficiente para que mis ojos fuesen lo primero que los tuyos contemplaran aquella mañana. No pude, ni puedo decirte lo que siento porque me da miedo no poder volver a disfrutar de un momento como aquel, de poder tenerte cerca, de sentir la suavidad de tu piel a cada beso en la mejilla que nos damos, de una de tus sonrisas, de tus pequeños ojitos brillantes, de cada uno de los momentos que te traen a mi cada segundo, cada latido.
Ahora no paro de recordarte de espaldas a mi, durmiendo como un bebé abrazada a tu manta, mostrándome tan solo una parte de tu cuello y tus hombros a los que sólo quise inundar con besos y caricias, a los que sólo pude admirar desde la lejana cercanía.