lunes, septiembre 21, 2009

Entre las sangrientas humedades

Rozando el orgasmo

Habían pasado ya casi cincuenta minutos desde que tras varios disparos había acabado con la vida de la hija de mi jefe y su novio, sin embargo, a mí me parecían casi como 50 horas. Resulta agotador para la mente y el cuerpo cuando tu cerebro comienza a trabajar de manera acelerada por la subida de adrenalina. Mi inactivo cerebro se había convertido en una bomba de relojería que parecía estar a punto de estallar por saturación laboral. Comencé a sentir un fuerte dolor en la parte frontal de la cabeza en donde una vena sobresalía y al posar mis dedos sobre ella podía sentir la rapidez y la fuerza con la que el corazón bombeaba sangre.

Por si fuera poco la vejiga había comenzado a advertirme que se encontraba al borde del colapso y o yo hacía por vaciarla o comenzaría a enviar más trabajo al cerebro para que enviase la orden adecuada a los músculos que impedían el vaciado. No podía orinar en el cuarto de baño pues cualquier descuido, cualquier gota que cayese fuera de la taza del wc, cualquier pelo de la zona que como casi siempre decidiese caer cual hoja otoñal, estarían dejando todos mis datos a quienes investigaran aquel asesinato. De cualquier modo las opciones eran o hacerlo en aquella casa y arriesgarme a ser descubierto o hacerlo fuera y arriesgarme a ser recubierto de balas. Así que a pesar de saber que antes o después debía salir de allí o sino el precio sería el más caro, tomé la decisión de vaciar mi vejiga en algún lugar de la casa. Pero no lo haría en el baño sino en algún recipiente en el que cupiese todo el líquido que contenía mi vejiga para así poder llevarlo conmigo y no dejar ninguna prueba.

Abrí el frigorífico y el único recipiente que había era una botella de agua de 50 centilitros y estaba seguro que lo que empujaba podría llenar casi dos botellas como aquella. Comencé entonces a rebuscar por todos los cajones y no encontraba nada que fuese lo suficientemente ancho como para que la cabeza mi pene entrase al menos con cierta facilidad y no fuese de cristal. Desde pequeño le he tenido cierta fobia al cristal desde que vi como una gran cristalera rota acababa con la vida de un vecino mío. Tenía bien guardada en mi memoria la imagen de aquel hombre atravesado de lado a lado por el cristal a pesar de que cuando aquello sucedió yo tenía a penas seis años.

Comencé a buscar por las habitaciones, en el cuarto de baño, pero no encontré nada, hasta que descubrí junto al rostro de ella un jarrón que había caído al suelo cuando le disparé pero que la moqueta había amortiguado. Sobre el jarrón se apoyaba la mano de la chica que parecía haber visto toda la escena desde el suelo y se negaba a prestarme su ayuda después de lo que le acababa de hacer. Con cuidado aparté su mano, me bajé la bragueta y como ese chorro de agua con el que en las manifestaciones la policía trata de apaciguar a las masas enfurecidas la orina comenzó a vaciar mi cuerpo. Un cuerpo que sintió volar en aquel momento, en una experiencia que todos alguna vez habremos sentido en algún momento que si bien no llega al placer de un gran orgasmo es de esas ocasiones en las que una simple acción corporal nos lleva a rozar el cielo.

viernes, septiembre 11, 2009

Entre las sangrientas humedades

Tres veces uno son siempre más que dos

Desde la ventana podía apreciar parte del callejón al que daba la casa pero no lo suficiente como para asegurarme que podía abandonar la casa. Debía salir de aquel lugar cuanto antes porque a mayor tiempo en él, mayores eran las posibilidades de dejar todo tipo de rastros de mi presencia. De hecho llevaba ya más de diez minutos con ganas de vaciar la vejiga y por supuesto no podía arriesgarme a hacerlo allí mismo, pero esto me llevó a moverme por toda la casa con mayor celeridad y nerviosismo y no me ayudó en nada a la resolución de la situación.

Mi mayor problema era cómo explicar lo que había sucedido con ella. ¿Cómo iba a explicarle a Návhr que por un error acababa de matar a su hija porque sin que nadie lo previera se encontraba en casa?

De repente la luz de la escalera se encendió y me alarmé porque ello implicaba que a escasos metros de mi alguien estaba despierto y de alguna manera podía convertirse en un posible descubridor de la escena del crimen. El temporizador de la luz comenzó a jugar con mi paciencia con su sonidito de bomba a punto de estallar que parecía advertirme de que mi vida también se dirigía hacia una cuenta atrás con un final poco alentador para mi. Por debajo de la puerta principal entraba un gran chollo de luz que de repente se vio interrumpido por la sombra que proyectaba el cuerpo de la persona que estaba al otro lado que se detuvo delante de la puerta. Estaba claro, fuese la policía o fuesen los miembros de la banda venían a por mi. Cogí la pistola, me la metí en la boca, coloqué el dedo en el gatillo y cerré los ojos con fuerza. Mi rostró se llenó de un frío sudor cálido y durante a penas unos segundos decidí recordar lo que había sido yo hasta llegar a aquel día. Y por estúpido que parezca la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de mi primer día de colegio. Aquel día mi madre y mi padre me acompañaron hasta la puerta desde donde se despidieron con una gran sonrisa henchida de orgullo por ver cómo por fin su hijo iba a iniciar un proceso académico que ellos desearían haber tenido. Yo era lo que ellos nunca pudieron ser y sin embargo acabé siendo lo que ellos nunca quisieron ser. Mis padres habían nacido en los suburbios de Hurben donde el ser humano se mostraba en su versión más perversa. Sin embargo, a pesar de haber tenido la posibilidad de acceder al mundillo de la droga ambos huyeron de allí y las fuerzas de lo previsto los llevó a conocerse muy lejos de sus orígenes. Ellos me lo dieron absolutamente todo lo que un padre puede ofrecer a su hijo, sin embargo, según el razonamiento de mi abuela paterna - así como un río vuelve a sus orígenes a pesar de los intento del hombre por desviar su cauce, el hombre no puede escapar de su destino.- Y allí me encontraba yo con una pistola en la boca a punto de ser apretada por los caprichosos del jodido destino.

Cinco, cuatro ... la sombra seguía allí justo delante de la puerta. Inmovilizada, y por la dirección de los zapatos parecía que de frente a la puerta.

Tres, dos ... Un fuerte golpe aporreó la puerta, no parecía ser de una mano, sino de una superficie mayor, aspiré fuerza por última vez como para llenar los pulmones del suficiente oxígeno como para aguantar lo suficiente en el largo viaje que me esperaba.

Uno ... Mi dedo estaba agarrotado. Uno ... empujé la pistola con más fuerza hacia la garganta para intentar darle impulso a la bala pero no podía apretar el gatillo. Uno ... Mi mano comenzó a temblar y lentamente comencé a sacar la pistola de mi boca entre llantos. Respiré, me dije que debía de hacerlo y ... ¡Cuatro!, ¿cuatro?, joder de repente habían cuatro sombras que se asomaban bajo la pared. Cuatro sombras correspondientes a cuatro piernas con sus respectivos dos propietarios que a las 4 de la mañana desataban toda su pasión justo delante de la casa en la que me encontraba hasta que el fuerte golpe provocado por la pasión los llevó a estampar la espalda de ella contra la puerta y a huir hasta su piso para proseguir con su ritual sexual.

miércoles, septiembre 09, 2009

Entre las sangrientas humedades

Dos son siempre más que uno


La rapidez a la que latía mi corazón delataba el acto que acababa de cometer hacía escasos minutos. No todo había salido como yo había planeado y el trabajo se había multiplicado por dos, necesitando para ello el doble de tiempo y siendo también dobles las consecuencias que ello podría acarrearme. Tenía varias opciones, pero en ese momento lo inesperado de la situación dejó en evidencia mi falta de profesionalidad lo cual podía no solo suponer para mí el final como persona sino también la perdida de mi empleo.

¿por qué?, ¿por qué? ¡joder! – eran las únicas expresiones que se repetían una y otra vez en mi interior y las grandes culpables de que en aquellos momentos fuese incapaz de controlar la situación y pensar en qué estrategia debía tomar. Ni siquiera era capaz de pensar en una primera acción que me encarrilara hacia la estrategia. Pensé en llamar a Pulco, pero cómo podría explicarle lo que había sucedido. Sin duda él vendría hasta el lugar, estudiaría la situación, encontraría una fácil solución a todo y acabaría diciendo “ya le dije a Návhr que no estabas a la altura”. Y estoy completamente seguro que ellos sí tenían prevista esta situación y su solución tal vez sería darme un tiro en la cabeza y dejar las pruebas suficientes para que la policía creyese que aquello había sido parte de un intento de robo por mi parte que acabó con la muerte de aquellos cuerpos que en estos momentos yacían tumbados cara a cara en el suelo de la habitación.

Tal vez ellos estarían esperándome ahí fuera para certificar que había cumplido con mi cometido como esperaban o tal vez estaban esperándome ahí fuera para deshacerme de mi una vez que era yo quien me había manchado las manos de sangre por un crimen por encargo que en realidad ellos querían cometer.

No, Rodrigo, no puedes pensar así o entonces sí que vas a acabar relleno de balas o quizá descuartizado, en una bolsa y arrojado al fondo del mar. – me dije a mi mismo tratando de revertir aquella marea de pensamientos negativos que desde luego no aportaban nada en pro de la solución que tanto anhelaba. Pero entonces empecé a pensar que precisamente por no haber pensado mucho, por no haber sido especialmente sobresaliente en la resolución de conflictos es por lo que había acabado en el último eslabón de la cadena alimenticia de este mundo en el que me movía. Mi trabajo consistía en estar en un lugar a una hora y aniquilar a la persona de la foto. A veces podía seguir uno o dos días los movimientos de la persona a la que iba a asesinar pero era algo excepcional que últimamente no había hecho muchas veces.

El suelo estaba lleno de sangre, un enorme charco rojo que comenzaba a extenderse por toda la habitación y entonces comencé a pensar que quizá toda aquella sangre podría filtrarse por aquel suelo de madera y acabar convirtiendo el techo de los vecinos de abajo en una enorme humedad de sangre que en escasos minutos sería advertida a la policía. Con un poco de suerte los vecinos de abajo estarían durmiendo y no habrían escuchado el grito que se le escapó a la chica antes de que su cerebro fuese atravesado de lado a lado por una de las balas. Pero, ¿y si lo hubiesen escuchado todo?, ¿y si en estos momentos una patrulla de la policía se dirigía al apartamento? Cuando tu trabajo consiste en asesinar a personas eres consciente de que en algún momento puedes ser asesinado o peor aún atrapado por la policía. Estaba dispuesto a morir, pues de alguna forma ya hacía tiempo que estaba muerto, pero jamás permitiría que la policía me atraparan. Antes prefería suicidarme.