viernes, noviembre 12, 2010

Cuando un momento deja de existir

¡ Qué puta que puede llegar a ser la vida !

¿Recuerdas ese día en el que de pequeño venían los Reyes Magos?, ¿Recuerdas el día de tu comunión?, ¿Recuerdas el día que diste el primer beso?, ¿Y el primer día que te rompieron el corazón?, ¿recuerdas algún momento triste?, ¿y cuantos felices te vienen ahora mismo a la mente? Seguramente muchos y muy variados, cada uno de vosotros tendréis recuerdos distintos con personas distintas, en momentos distintos y en lugares también distintos.

¡Qué buenos recuerdos! o ¡Qué mal que lo pasamos en aquel momento!, ¿cuantas veces habrás oído contar a una persona una misma anécdota varias veces?, ¿y cuantas veces te has reído en la enésima vez que la has escuchado?

¿has llorado recordando un momento? Seguro que sí, haya sido bueno o malo. Pero en algún lugar de tu cerebro ese recuerdo quedó grabado ¿para siempre? No, para siempre no.

Cierra los ojos por un momento. Por favor, ciérralos.

Ahora cuando los vuelvas a cerrar piensa en una gran pared en blanco. Muy grande, enorme, tanto que lo único que vas a visualizar cuando cierres los ojos es un todo en blanco.

Ahora piensa en una palabra, frase o dibujo que quieras pintar en esa pared. Tómate el tiempo que necesites, es tu pared y sólo la vas a pintar tú. Piensa en esa persona que te hace sentir especial, acuérdate de tus padres que te hicieron así de especial, piensa en un amig@, en tu vecin@ del quinto o en el del primero. O si lo prefieres piensa en algunos de tus hobbies. Da igual, es tu pared y puedes pintar en ella lo que quieras pero estaría bien que fuera algo que significara mucho para ti.

¿Ya? Bueno, no te ha quedado del todo mal. La verdad es que sí, te define muy bien.

Ahora cuando cierres los ojos vas a ver como una enorme brocha pinta toda tu pared de negro. Lo siento no es decisión mía yo prefiero lo que has pintado tú que el color negro pero así es la vida.

¿Recuerdas lo que has escrito? Imagino que sí pero ¿lo ves escrito en tu muro? Yo tampoco. Debe estar debajo de la capa de pintura negra pero siento tener que decirte que no hay más pintura para volver a pintar sobre ella. Ahora tu pared es una gran pared negra, vacía, sin nada que te identifique. Tú seguramente recuerdas lo que había en ella pero los demás no ven nada, absolutamente nada más que una pared en negro. Y lo siento pero no tienes opción de comunicarte con ellos, la pared era el único medio de comunicación con el exterior.

¡Qué puta que puede llegar a ser la vida!

jueves, noviembre 11, 2010

Abriendo la válvula

Situación 1:

Estoy sentado en clase mientras un profesor escribe la resolución de un ejercicio en la pizarra. Miro la pizarra, escribo en el papel, miro la pizarra, ... me mareo. ¡Joder! creo que debería ir a la óptica a decirles que llevo solo dos meses las gafas y me dan mareos. ¡Qué calor que hace! Y eso que está puesto el aire acondicionado. A ver si el mareo es por el calor. ¡Ey!, espera, ¿por qué no soy capaz de pensar claramente? A ver si esto va a ser como ... pero si esto ya estaba superado, ¿no? A ver, tranquilízate. A ver, sientes que el aire no está entrando por tu nariz pero sí está entrando, ¡Sí está entrando!, ¿sientes el aire? yo tampoco. Me cago en la puta que me estoy mareando. ¿salgo de clase? pero a ver si al ir hacia la puerta me voy a desmayar, claro que si tampoco voy me puedo desmayar aquí mismo. Definitivamente es lo mismo de la otra vez, ya está aquí la puta opresión pectoral. A ver, respira, respira, respira. ¿Cómo era esto? ¡Ah si! lo de respirar con el abdomen, venga hazlo. Respira profundamente, y ahora expulsa el aire lentamente. Que no, que no, que no me sale. Que me voy a desmayar y encima ahora si me levanto seguro que me caigo porque me siento las piernas sin fuerzas.

Finalmente no me desmayé.

Situación 2:

Llego a un bar donde están esperándome mi madre y su marido. Acabo de tener una conversación en la que he confirmado que mi comportamiento en un momento no fue entendido pero tampoco se ha hecho el esfuerzo de entenderlo. El camarero nos toma nota de lo que hemos pedido y nos trae las bebidas. Mi madre comienza a contar algo que no recuerdo pero que debía ser gracioso porque se reía al contarlo. De repente siento unas ganas incontroladas de llorar. No es pena, no estoy pensando en nada en concreto, simplemente siento ganas de llorar pero evidentemente no puedo hacerlo porque estoy en un bar, y las dos personas que tengo enfrente no van a entender que me ponga a llorar y yo no voy a ser capaz de explicarles que ni yo mismo sé por qué tengo ganas de llorar. Así que inicio un proceso de controlar el llanto a pesar de que tengo las lágrimas en el mismísimo pórtico que separa a mi cuerpo del exterior. El director de escena consigue finalmente frenar a las lágrimas pero estas no deben de quedar muy satisfechas y van a poner una reclamación en mi propio cuerpo y en la que el juez les debió dar la razón en un juicio rápido. A los pocos segundos la ansiedad viene a tomarse la revancha de las lágrimas y vivo en menos tiempo una experiencia como la de más arriba con el agravante de que en clase puedo pasar desapercibido y aquí la persona que tengo enfrente trata de mantener una conversación conmigo y yo soy incapaz de articular dos palabras seguidas que tengan un significado. ¡¡¡ Alerta, alerta !!! es necesario encontrar una salida a esta situación. De repente veo el móvil enfrente mía, lo cojo y simulo que he recibido una llamada. Me salgo del bar y comienzo a respirar y expirar, respirar y expirar, y por un momento creo (suele pasar en estos casos a menudo) que de verdad voy a expirar. Tranquilo, relájate, te ha pasado dos veces en poco tiempo pero no tiene por qué ser lo mismo que la otra vez. Tienes una ventaja esta vez y es que sabes que realmente no te está pasando nada y que nunca llegaste a desmayarte. Venga no tienes mucho tiempo, piensa en algo positivo o haz algo. Vuelvo a mirar el móvil y decido llamar a ... mi padre, ¿por qué? porque era el último número que me aparecía. ¿había dicho ya que era incapaz de conectar dos ideas? Tengo una conversación con mi padre y mi hermano pero no recuerdo sobre qué. Durante la conversación mi madre sale para decirme que entre que la comida está ya servida. ¿comida?, ¿cómo decirte que se me acaba de cerrar el estomago?, ¿cómo decirte que solo pensando en volver a entrar me entra angustia?, ¿cómo decirte que ha vuelto? No puedo entrar y decirte "mamá, me voy a casa porque me acaba de dar un ataque de ansiedad, ¿te acuerdas de ella?" Vale, tengo angustia, creo que eso se me debe notar en la cara. Entra y dile que no te apetece comer porque tienes el estómago un poco jodido y que te vas a casa.

Y me fui a casa, no comí, y cuando volvió tuve que responder a un interrogatorio.

Situación X:

Estoy en algún lugar y siento el mareo, la opresión en el pecho, la falta de aire, la angustia, la incapacidad de pensar claramente.

Estoy en algún lugar y de repente siento unas ganas terribles de llorar sin ningún motivo.

Y ni me desmayo, ni lloro.

Conclusión:

No quiero desmayarme pero sí quiero y necesito llorar.

miércoles, noviembre 03, 2010

Mis aventuras en Sapanā

En la vida de cada uno hay días que siempre se recuerdan incluso a pesar de que hayan pasado muchos, muchísimos años. Yo recuerdo cientos de días de mi vida. Y recuerdo unos pocos de mi infancia pero hay uno que no olvidaré jamás. Los acontecimientos que ocurrieron a partir de aquel día cambiaron para siempre mi vida y la manera de vivirla. Aquel fue el día en el que viajé por primera vez a un lugar mágico en el que no existen los límites, los imposibles, un lugar en el que el sueño se vive despierto, un lugar en el que se cruzan mundos que nunca hubiera imaginado. Esa tierra, llamada Sapanā, fue desde aquel día mi único y verdadero país.

Pero como te estaba contando todo comenzó un día de noviembre. Era un día lluvioso, oscuro, triste, de esos en los que es mejor estar en casa recogido a la espera de que la lluvia pare y poder salir a jugar con Jon y Shalim. Normalmente en este tipo de días mi madre me permite quedarme en casa. Cuando tenía cinco años una vez estuve varios días con fuertes fiebres y según me contaba mi madre estuve no demasiado lejos de morir. Desde aquel día mi madre siempre que llovía o las temperaturas eran muy bajas me permitía quedarme en casa. Sin embargo, mi abuelo llevaba ya varios meses hospitalizado y no había nadie que se pudiera quedar en casa conmigo y con Tom, mi hermano pequeño. Así que aquel primer día lluvioso de la temporada no tuve más remedio que ir al colegio.

Pasé toda la mañana mirando cómo llovía desde mi clase. No pudimos salir al patio y en el pabellón no había espacio para todas las clases. Yo no tuve la suerte de ir a uno de esos colegios religiosos con grandes instalaciones. El Instituto Gandhi disponía de unas clases en las que la calefacción funcionaba cuando funcionaba. Y aquel no fue uno de esos días. Sin embargo, yo no podía alejarme de aquella ventana. Los días lluviosos como aquel mi abuelo solía contarnos sus viajes por los mares de la India y cómo en días tormentosos el barco en el que navegaba luchaba titánicamente contra las fuertes olas de hasta ¡¡20 metros!!. La verdad es que yo por entonces no era muy consciente de cómo de grande podía ser una ola de veinte metros pero por los gestos de mi abuelo a mi me parecían auténticos monstruos marinos.

Continuará ...