sábado, septiembre 08, 2007

El odio reflejado

Hoy la mañana se ha despertado tan turbia como yo. El viento sopla con toda su energía como si quisiera recordarme que toda idea de salir hoy de casa se marchará tan rápido y lejos como aquella hoja que da vueltas en la puerta de la panadería. Cómo me gustaría poder ser esa hoja y estar ahí fuera recibiendo los golpes del viento desde la base hasta mi ápice, sintiendo en cada uno de mis nervios la grandiosa fuerza de Eolo. Volaría por todo el planeta, surfearía por el Cañón del Colorado y recorrería toda la Gran Muralla china tras haber atravesado los óceanos, me deslizaría entre las balas de Hamas y sortearía los misiles americanos en Irak, haría carreras por el Desierto del Sahara y disfrutaría de las aguas del Nilo hasta que en alguna riada acabara tan lejos del cauce que al volver el duro calor volviera a estar preparada para emprender mi viaje. Por el camino seguro que perdería muchar partes de mi, lo cual sería fantástico ya que podría disfrutar de más lugares a la vez y por el mismo precio. Finalmente alguien me barrería, me quemaría o simplemente pasaría a ser una mota de polvo más en la inmensidad, pero habría sido una hoja feliz, habría disfrutado de mi corta vida, habría sido todo lo que quería ser: una hoja más que viaja por el mundo.
No soy ninguna hoja, tan sólo soy unos cuantos kilos de carne y huesos que hoy tendrán que pasar el día encerrados en casa porque el mismo viento que de ser hoja me llevaría lejos me impide salir. Ese mismo polvo en el que acabaría tras morir puede suponer mi muerte en cuerpo humano. Y son muchas las veces en las que pienso en morir así y no de esta manera. Asfixiada en este cuarto y escuchandola a ella justo en el de al lado. Ya está otra vez moviendo los muebles, siempre con su manía de recolocarlo todo, no estando nunca nada en su sitio a pesar de no saber cual es el sitio de cada cosa. Yo mismo no sé cual es mi sitio en esta casa, sé que está fuera pero no puedo salir, esta maldita enfermedad me tiene aquí recluída en este infierno de paredes infinitas.
Ya ha golpeado de nuevo la puerta, es su manera de llamarme, de hacerme saber que sabe que estoy despierta si es que en algún momento he podido estar dormida. Esta noche ha sido eterna, con sus gritos, los vasos rotos contra la pared, sus agónicos orgasmos llenos de pasión por el roce de su cuerpo contra todo material suave. Los golpes son cada vez más y más fuertes y de no acudir en unos segundos se verán acompañados de unos gritos desgarradores en los que mi nombre va acompañado de todo tipo de insulto.
Nadie ha querido nunca ayudarme con ella, ni familiares, ni por supuesto amigos que desaparecieron al empezar ella a cambiar. Los médicos no saben qué hacer con ella y los servicios sociales no quieren saber de ella. Poco a poco los vecinos han ido dejando el edificio y nadie ha querido comprar una casa pues cada vez que ella oye voces comienza a chillar como loca, por eso no puedo escuchar música ni puedo ver la televisión como no sea con unos cascos.
Voy a salir, tengo que hacerlo, como cada mañana no sé qué me encontraré, tal vez la orina y la mierda recubran toda su cama y el hedor haya matado hasta las cucarachas que en ocasiones tienen la valentía de adentrarse en el cuarto. Saco la llave que mantiene la puerta cerrada y a mi a salvo de sus ataques. No tuve más remedio que encerrarla, se volvió muy agresiva y un peligro no sólo para mi sino para los vecinos que por entonces aún habitaban por este edificio. El sonido de las llaves la tranquiliza, es para ella como el timbre en un colegio que da permiso a los alumnos a salir al patio, ella no podrá salir a la calle pero al menos sí verá la luz durante un par de horas.
Doy un primer giro y espero durante unos segundos hasta dar el definitivo que abrirá la puerta que nos separa a ambas, tras ella se esconde nuestro secreto, nuestro lugar común en el que ella y yo pasamos a ser una.



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