En una película que nunca vi contigo decían que hay momentos en los que uno tiene que decir lo que siente pues es en ese exacto momento en el que tus sentimientos son tan puros que te podrían elevar del suelo, te traerían aquella estrella y podrías vivir eternamente solo con el recuerdo de aquel sentimiento.
Recuerdo como en aquel preciso momento los rayos del sol comenzaron a colarse lentamente entre los huecos de una persiana mal cerrada y daban un color especial a tu pelo anaranjado que se deslizaba con sugerentes curvas por un cuello cuya piel agradecía los rayos de sol tomados durante aquellos días. Toda tu piel comenzó a sentir un viento fresco que el mar empujaba hasta nosotros quizá para que tu sueño quedara roto y nuestros ojos pudieran ver juntos los primeros segundos de aquel día que fue nuestro último día. Yo lo viví por los dos, disfruté con cada soplido marino y con cada rayo que Apolo nos enviaba quizá con la intención de que algo prendiera entre nosotros pero no fue así y aquel momento se acabó.
Tú te despertaste y yo no encontré el valor suficiente para que mis ojos fuesen lo primero que los tuyos contemplaran aquella mañana. No pude, ni puedo decirte lo que siento porque me da miedo no poder volver a disfrutar de un momento como aquel, de poder tenerte cerca, de sentir la suavidad de tu piel a cada beso en la mejilla que nos damos, de una de tus sonrisas, de tus pequeños ojitos brillantes, de cada uno de los momentos que te traen a mi cada segundo, cada latido.
Ahora no paro de recordarte de espaldas a mi, durmiendo como un bebé abrazada a tu manta, mostrándome tan solo una parte de tu cuello y tus hombros a los que sólo quise inundar con besos y caricias, a los que sólo pude admirar desde la lejana cercanía.
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