jueves, noviembre 20, 2008

Diarios de bitalaxia – Capítulo 8

Yo quería ...

Desde que Lisboa y yo nos despedimos habían pasado ya como unos treinta minutos y como dijimos no nos habíamos puesto en contacto el uno con el otro, lo cual significaba que ella tampoco había encontrado una nave.
Yo había estado pensando en las distintas posibilidades que tenía a mi alrededor pero ninguna de ellas me parecían válidas. Einstein no tenía ningún medio de transporte común con el que abandonar el planeta, toda entrada y salida se hacía a través de la compañía estatal AirBush VI que solo vendía plazas con un plazo máximo de una semana anterior a la salida del vuelo. Tiempo más que suficiente para que hubiesen investigado sobre nosotros hasta la talla de nuestra ropa interior.
Pensé en pedir prestado a mis padres su nave pero teniendo en cuenta que para ello tendría que darle una explicación a mi madre lo descarté de inmediato, además de que no sabiendo si volvería de La Tierra no podría considerarlo un préstamo sino más bien un anticipo hereditario. Por último se me ocurrió pedirle a mi tío Cannes una de las numerosas naves de las que disponía pero pensé que tal vez Lisboa no estaría muy de acuerdo en iniciar un viaje “revolucionario” en una nave procedente de un adinerado. Así que tras darle muchas vueltas llegué a la conclusión que la mejor opción para este viaje era entrar a un concesionario de naves y robar una mientras la probaba antes de comprarla. Pero yo no sabía nada de naves y tampoco había sido nunca un buen actor, necesitaba tomarme alguna pastilla de reproducción de comportamiento, así que abrí el cajón y vi un montón de pastillas pero eran de todo tipo. Desde la que producían risa hasta las que producían apetito sexual. En algún lugar había una pastilla que te permitía actuar justo como le indicaras a tu sistema. Este tipo de pastillas se utilizaban sobre todo para cuando tenías alguna cita con chicas. El problema es que una vez fuera de su envoltorio todas las pastillas eran iguales y no disponía de crédito ni de tiempo para comprar más pastillas por lo que cogí un par de ellas, me las metí a la boca y me dirigí al concesionario.

- ¡Bienvenido a FIAT-Ford-Skoda!, en breves momentos le atenderá uno de nuestros empleados, mientras puede...

Ya estaba harto de las frasecitas de bienvenidas, las mismas en todas las tiendas, fueran de lo que fueran. Además estaba demasiado concentrado en el rol que debía desempeñar: era un importante accionista de McPildor´s interesado en comprarle a mi chica una nave. Previamente había observado a algunos de los presentes en el concesionario. Se movían con naturalidad, demostrando ser lo que quizá no eran, gastando bromas que quizá ni entendían, tal vez envueltos en una situación similar a la mía.
Fijé mi atención en el vendedor que en ese momento estaba dirigiéndose a una mujer que no sabía muy bien si decantarse por el modelo Emerson Fittipaldi o por el Fernando Alonso, por lo visto dos grandes corredores de un deporte que en la Tierra fue muy popular y que sería algo así como el antecedente de las carreras de naves ultraligeras.
Me acerqué al área de venta y de repente un aroma embriagador comenzó a introducirse por mi nariz que traducían aquel olor en una sensación de profundo placer. Comencé a mirar a la mujer indecisa pensando que era ella la portadora de aquella brisa tan sensual pero a los pocos segundos ella se marchó y allí seguía ese aroma. Fue entonces cuando descubrí que su origen era el del vendedor, un chico joven, guapo, de estatura media y con un look muy similar a Hollywood Clooney. Tenía un tono de piel canela que como el de la especia comenzó a provocar en mí un fuerte deseo de atracción hacia él. Era la primera vez que me pasaba algo así. Jamás me había atraído una persona de mi mismo sexo y con las chicas difícilmente se despertaba mi instinto sexual con tanta rapidez a no ser que ... ¡claro!, eso era...¡Bush!, no podía ser, ¡qué idiota!, me había ... pero, ¿cómo?... claro, todas allí revueltas, en un mismo cajón... ¿y cómo podía parar aquello? No podía.., es decir, no debía ...

- ¡Buenos días caballero!, ¿en qué puedo ayudarle?

¿en qué podía ayudarme?, ¿qué le contestaba?, ¿la verdad? “Pues mira ahora mismo si nos fuésemos a la parte trasera de cualquier nave y me abrazases con esas manos fuertes y con la misma pasión que yo siento no estaría mal para empezar”

- Ummm, bueno, yo ...

Tenía que controlarme, pero no podía, no podía, definitivamente no podía. Aquello era fruto solo de unas pastillas excitantes, me había fijado en él para estudiar cómo actuar ante él y ahora estaba tratando de actuar para que no se diera cuenta que tenía fijación por él. Pero es que aquella camisa ajustada a su cuerpo y esa nuca ... ¡Bush! No podía parar aquello cada vez iba más en aumento.

- Si necesita tiempo para seguir mirando y pensárselo. No se preocupe.

A ver, tiempo, lo que se dice tiempo no necesitaba. Yo ya estaba preparado. Y mirar no podía seguir mirando porque cada vez me apetecía más saltar aquel mostrador y besarle con toda la pasión. ¡Pero qué culo! Me estaba imaginando aquellos glúteos entre mis dientes. Aquellos glúteos definitivamente habían sido creados para ser mordisqueados y besados en cada uno de sus poros.

- Yo quería ...

Yo quería, yo quería , pero no podía, no podía.

- Sí, digame.

Yo quería que mis 21 centímetros volviesen a convertirse en diez y salir de allí cuanto antes. Había entrado para robar una nave y el vendedor me había robado mi autocontrol.

(mensaje de voz interno) – Solicitud de conexión con Lisboa.

(al vendedor) – Un momento por favor

- Dime Lisboa

(unos segundos)
- Pues ... bueno, estoy en ...

(unos segundos)

- ¿la has conseguido?

(unos segundos)

- Vale, vale, voy para allá.

(al vendedor) – Perdón, era ...

¿Le decía quién era y rompía así la posibilidad de ...? Ni siquiera podía pensar en la palabra que definía a Lisboa en mi vida, ese maldito deseo me controlaba y quería ser saciado fuese como fuese. La composición de las pastillas llevaban elementos que provocaban que ante el miedo, el deseo fuese mayor, así que me desconecté del sistema durante unos minutos.

- ... yo quería ...

1 comentario:

niña noe.- dijo...

"¡Bush!"... ¿quiere decir lo que yo creo? nunca dejarás de sorprenderme, Adrián: hoy me he reído con tu relato. Washintong cada vez me parece más entrañable, y su idea de huir de un mundo gris y buscar su propio planeta, junto a Lisboa... si te digo que has influido en mí para hacer lo mismo que ellos, ¿qué más te puedo decir? no dejes de crear, dále caña a mule y que transcriba, porque estoy enganchada.