miércoles, enero 14, 2009

En martes 13, ni te cases, ni te ...

Aquel año, como sucedía tres de cada cuatro, estaba compuesto por 365 días cada uno de ellos con sus respectivas 24 horas. Y de entre los 365 días sólo había dos martes que cayesen en 13, el de enero y el de octubre. Yo nunca fui muy seguidor de este tipo de chorradas porque de serlo habría tantos gatos negros que matar, tantas escaleras que bordear, tantos paraguas que abrir y cerrar, tanta sal que no derramar y en definitiva tantos pequeños detalles que tener en cuenta que dificilmente uno podría disfrutar del día a día. Pero como dicen los gallegos sobre las bruixas "haberlas haylas".

El caso fue que de entre todos aquellos días yo decidí dar un paso al frente un martes trece que al caer en el mes de enero se trataba también del día número 13 de aquel año.
Curiosamente en el trabajo que por aquel entonces tenía merodeaba una gata negra que dormía en una pequeña cajita de cartón, con un antiguo pantalón de algodón cómo manta y junto a una puerta de cristal rota algunos meses atrás.
Aquella mañana una fuerte tormenta de agua nieve cayó sobre la ciudad y todos los transeúntes salieron a la calle con su paraguas, salvo yo que siempre disfrutaba de la lluvia incluso cuando está se asimilaba a las veces en que rascamos el congelador por la cantidad de escarcha que se ha asentado en él. Justo cuando decicí salir a hacer la compra mi vecina del quinto, una mujer de avanzada edad y de avanzado carácter, regresaba de hacer la suya cubierta poe un paraguas que azotado por el temporal no cumplía su cometido. Fue entonces cuando me ofrecí a echarle una mano a subir su carro, pero su genio y sus ganas de querer mostrarse autosuficiente solo le permitieron darme el paraguas que cuando me quise dar cuenta estaba abierto en el interior de la casa de la señora.
Todo eran señales pero yo no quise hacerles caso. Miré hacia otro lado e insistí en que aquel martes trece mi vida fuese reconducida. Di un paso al frente y me puse en contacto con ella, hacía tiempo que quería hablarle de la nueva situación, de que algo había cambiado, pero aquel martes trece lo era para todos. Definitivamente no parecía el elegido para que todo cambiase. O tal vez sí. Me acordé de las cartas que mi abuelo le enviaba a mi abuela desde el frente y pensé que desde mi frente y desde mi tiempo yo también podía comunicarme de otra manera. Y lo hice, y me liberé, y me sinceré, y abrí el corazón y la mente. Y todo en un martes trece.

Y hoy lo único que puedo decir es que al día siguiente fue miercoles, de número catorce, y la vida siguió porque ella no entiende de calendarios ni supersticiones. Porque la vida la vamos creando nosotros y aunque a veces no lo creamos somos más dueños de nuestro destino de lo que creemos.

1 comentario:

niña noe.- dijo...

somos tan dueños de nuestra vida, y la vida es tan dueña de nosotros, que hemos llegado a un punto de no retorno.

lo mío es tuyo, y lo tuyo... es de otra.

o de otras.

o de todas.

de cualquiera.

de una "ella".

de una de ellas.

eres dueño de hacer con tu voz una carta de papel, o una poesía grabada en cuero, o una e-pístola.

eres dueño de expresar tu amor, o de no hacerlo, y morir en ambos intentos.

eres dueño de llorar tus heridas, de lamerlas, de odiarlas, de cuidarlas, de reabrirlas: somos kamikazes emocionales con las alas a medio abrir.

por eso nos pegamos tales hostias, compañero, tremendas bofetadas contra el duro suelo de espejo...

ÁBRELAS DEL TODO, y vuela sobre la realidad. sacúdete de incertidumbres y "supuestos" que no te llevan a nada en el suelo, pero te marean hasta hacerte vomitar en tu cabeza chirriante y alocada.

abre tu mirada turquesa y tu pequeña boca, absorbe el oxígeno a través de tus pestañas y grita con tus pupilas... cierra tus labios como los párpados se cierran cuando te molesta el sol, pero mira hacia delante con tus dientes: cómete el presente, garganta profunda de la imaginación.

que yo estoy contigo, y sé que es una mierda de consuelo cuando sangra el corazón, cuando sentimos que morimos de des(amor), cuando... pero, aún así, estoy contigo.

y que vivan los martes y 13,
los gatos negros,
la sal derramada,
las escaleras que se pueden cruzar por debajo,
el color amarillo en los escenarios,
los paraguas abiertos en el salón
y todos los espejos rotos.