Rozando el orgasmo
Habían pasado ya casi cincuenta minutos desde que tras varios disparos había acabado con la vida de la hija de mi jefe y su novio, sin embargo, a mí me parecían casi como 50 horas. Resulta agotador para la mente y el cuerpo cuando tu cerebro comienza a trabajar de manera acelerada por la subida de adrenalina. Mi inactivo cerebro se había convertido en una bomba de relojería que parecía estar a punto de estallar por saturación laboral. Comencé a sentir un fuerte dolor en la parte frontal de la cabeza en donde una vena sobresalía y al posar mis dedos sobre ella podía sentir la rapidez y la fuerza con la que el corazón bombeaba sangre.
Por si fuera poco la vejiga había comenzado a advertirme que se encontraba al borde del colapso y o yo hacía por vaciarla o comenzaría a enviar más trabajo al cerebro para que enviase la orden adecuada a los músculos que impedían el vaciado. No podía orinar en el cuarto de baño pues cualquier descuido, cualquier gota que cayese fuera de la taza del wc, cualquier pelo de la zona que como casi siempre decidiese caer cual hoja otoñal, estarían dejando todos mis datos a quienes investigaran aquel asesinato. De cualquier modo las opciones eran o hacerlo en aquella casa y arriesgarme a ser descubierto o hacerlo fuera y arriesgarme a ser recubierto de balas. Así que a pesar de saber que antes o después debía salir de allí o sino el precio sería el más caro, tomé la decisión de vaciar mi vejiga en algún lugar de la casa. Pero no lo haría en el baño sino en algún recipiente en el que cupiese todo el líquido que contenía mi vejiga para así poder llevarlo conmigo y no dejar ninguna prueba.
Abrí el frigorífico y el único recipiente que había era una botella de agua de 50 centilitros y estaba seguro que lo que empujaba podría llenar casi dos botellas como aquella. Comencé entonces a rebuscar por todos los cajones y no encontraba nada que fuese lo suficientemente ancho como para que la cabeza mi pene entrase al menos con cierta facilidad y no fuese de cristal. Desde pequeño le he tenido cierta fobia al cristal desde que vi como una gran cristalera rota acababa con la vida de un vecino mío. Tenía bien guardada en mi memoria la imagen de aquel hombre atravesado de lado a lado por el cristal a pesar de que cuando aquello sucedió yo tenía a penas seis años.
Comencé a buscar por las habitaciones, en el cuarto de baño, pero no encontré nada, hasta que descubrí junto al rostro de ella un jarrón que había caído al suelo cuando le disparé pero que la moqueta había amortiguado. Sobre el jarrón se apoyaba la mano de la chica que parecía haber visto toda la escena desde el suelo y se negaba a prestarme su ayuda después de lo que le acababa de hacer. Con cuidado aparté su mano, me bajé la bragueta y como ese chorro de agua con el que en las manifestaciones la policía trata de apaciguar a las masas enfurecidas la orina comenzó a vaciar mi cuerpo. Un cuerpo que sintió volar en aquel momento, en una experiencia que todos alguna vez habremos sentido en algún momento que si bien no llega al placer de un gran orgasmo es de esas ocasiones en las que una simple acción corporal nos lleva a rozar el cielo.
1 comentario:
umm... ¿siguiente capítulo?
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