domingo, junio 15, 2008

Una fiesta entre copas: Parte 2

Diana trataba, detrás de los contenedores de basura, de ahogar su llanto para que nadie se diese cuenta que a escasos metros de allí alguien se permitía el lujo de expresar sus sentimientos. Además casi podríamos decir que tenía la necesidad de actuar así ya que la situación de su estado sentimental era “ilegal”. Diana lloraba por Luis Silva, hijo del cabeza de familia y futuro sucesor del imperio Silva. Su relación con Luis estaba a punto de cumplir los dos años pero nadie en la familia sabía de ella, de manera oficial Diana conseguía el permiso de estancia en casa de los Silva por pasar como amiga especial de Arturo, amigo de Luis. Durante esos dos años Luis encontró todo tipo de excusas para aplazar el anuncio de su relación lo cual llevaba siempre a Diana a pensar que él se avergonzaba de ella por ser una chica de barrio, de origen, trayecto y destino humildes.
Aquella noche Luis le prometió que iba a anunciar a sus padres que ellos dos eran novios, que se querían y que tenían pensamiento de contraer matrimonio. De nuevo Diana volvió a sentir la emoción por el momento tan esperado, esta vez su chico no iba a fallarle, iba a gritar al mundo entero lo que sentían el uno por el otro, pero de nuevo Diana no contó con la aparición de un personaje más importante: el poder.
La fiesta tenía un motivo, dar una noticia, pero no la que Diana había soñado. Fernando Silva iba a anunciar a todos sus amigos y conocidos que iniciaba la retirada, que sus tiempos como agresivo empresario tocaban a su fin y que era el momento de dar la alternativa a una nueva generación: la de sus hijos. Claudia Silva, su hija, tomaría las riendas del Departamento de Comunicación en el que ya trabajaba, y Luis Silva pasaría a ser el Director General del Grupo Silva.
Como podréis imaginar este anuncio era en sí tan relevante que no había cabida para otro por pequeño que éste fuera. De nuevo su relación con Diana había sido menos importante que la familia, el dinero o el prestigio social. De nuevo Diana se sentía como lo que contenían aquellos contenedores. Intenté consolarla, hablamos profundamente sobre le que nos pasaba a ambos, incluso llegamos a soltar alguna risa que trataba de soltar lastre. Cuando todo parecía ya olvidado, cuando casi se podría decir que ambos habíamos decidido dar un paso al frente y olvidar los sentimientos por los que nos habíamos encontrado en aquel escondido lugar, apareció Luis Silva con cara de angelito, casi dando pena, como si él fuese un esclavo de las normas que marcaba la sociedad a la que pertenecía.
Diana sucumbió de nuevo a las excusas de él y juntos se marcharon entre los árboles del hermoso parque particular. Nunca más supe nada de Diana pero imagino que el final a su historia no fue el que ella hubiese soñado ya que la literatura nunca es bonita cuando el que la escribe es Poderoso Caballero “Don Dinero”.
Yo me acabé el último cigarro y regresé al interior a ocupar mi lugar en aquella fiesta, entre copas.

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