sábado, junio 14, 2008

Una fiesta entre copas (Parte 1)

“Perdone, ¿no quedan canapés?”. Estas fueron las palabras más repetidas a lo largo de aquella noche en la mansión de los Silva. Una familia del norte que habían venido a Madrid a confirmar su situación económica, a codearse con los grandes ricos de la villa de Madrid que suelen ser los grandes ricos del país. Se puede decir que su situación era bastante similar a la mía, yo también había venido a Madrid a confirmar mi situación, solo que en mi caso era una situación artística y se podría decir que esta no era de tanto éxito como la económica de los Silva.
No llegué a averiguar exactamente a qué tipo de negocio se dedicaba Fernando Silva, fundador de la fuente de dinero, padre de la familia y perfecto anfitrión de aquella fiesta. Me gustaría poder decir que fue un hombre simpático con los que aquella noche trabajamos en el servicio de su fiesta pero ni puedo afirmar esto, ni tampoco lo contrario. Lo cierto es que sólo se dirigió a mi para decirme “perdone, necesitamos por aquí más canapés”.



Aquella noche estaba bastante nervioso al principio ya que era la primera vez que trabajaba de camarero en una fiesta para gente vip en el mundillo económico. Tenía miedo a no saber estar a la altura, a tropezarme con algo o alguien y estropear un vestido que costara como cincuenta noches trabajando de camarero para gente vip del mundillo económico. Pero en todo momento sentí el apoyo de María, el motivo real de que yo estuviera allí, amiga de la Universidad y hermana de Rodrigo, el novio de mi hermano.
Los asistentes a aquella fiesta vestían todos de manera muy elegante, demostrando la posición que ocupaban en la vida, tratando de transmitir no sólo con la ropa que llevaban sino también en la manera de llevarla que no era invitados de un invitado sino que ellos eran miembros honorarios de aquel tipo de fiestas.
Aquella pudo ser una noche más en la vida de muchos de los asistentes, para otros era el marco perfecto para cerrar algún acuerdo o concertar alguna reunión con alguno de los allí presentes para dar el pelotazo de su vida. Banqueros, políticos, constructores, periodistas y hasta un duque, especuladores todos de la vida ajena. Todos ellos movidos por la avaricia, por el deseo de nadar en la abundancia, buscadores de invitados para sus propias fiestas y de inversores para sus propias arcas. Pero entre todas aquellas personas había un hueco para el amor, para la naturalidad, una esperanza para la humanidad de que a veces lo puro puede vencer al artificio, a lo falso, a la ausencia de sentimientos. Esta esperanza se llamaba Diana.
Diana y yo nos encontramos no sólo física sino también sentimentalmente. La primera vez que la vi no pude evitar prejuzgarla con un “pobre niña rica” que en realidad era un “rica niña. ¡Pobre!”. Yo había salido a fumarme un cigarrillo en el que buscaba un poco de desahogo, de desconexión de María que se encontraba a escasos metros flirteando con el bajista del grupo que había sonorizado la noche. En aquellos momentos solo deseaba que aquella noche acabase cuanto antes y poder marcharme a casa, creía ser el ser más infeliz del mundo, pero como siempre la vida nos muestra que no somos el eje alrededor del cual gira todo.

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