lunes, mayo 18, 2009

La unión entre un final y un principio

Tras varios meses detrás del medicamento adecuado por fin había logrado llegar hasta él. Como prácticamente cualquier producto o servicio hoy en día sólo había que investigar o conocer a las personas adecuadas para lograrlo. Lo que más me costó fue encontrar qué medicamentos eran los más adecuados para una muerte rápida y eficaz. Estaba completamente convencido de que mi vida no podía volver a ser la de antes y que jamás sentiría aquella ilusión por la vida con la que a mis veintitantos años me quería comer el mundo, así que no quería llevar a cabo un suicidio frustrado. Por una vez en mi vida quería hacer algo bien.

Contacté con un antiguo trabajador de la fábrica de medicamentos de las afueras al que tras el Plan de prejubilación llevado a cabo por la empresa en los 80 le había quedado una miseria de pensión y tuvo que tirar de sus antiguos compañeros para con el contrabando de medicamentos ganar un dinero extra con el que poder sobrevivir.

Fueron casi tres meses de llamadas y conversaciones telefónicas hasta que pude finalmente estar frente a frente con él. Necesitaba el dinero pero no quería verse envuelto en un caso de suicidio. Los medicamentos que sacaba de la fábrica eran por lo general para la cura de gripes o para reducir el dolor, medicamentos por los que en caso de ser descubierto a penas le caería una pequeña multa que el propio Gobierno le retiraría al poseer una pensión mínima. Todo sería diferente si el medicamento tenía por fin el suicidio, el Gobierno había endurecido severamente las penas contra aquellos que participasen en un caso de suicidio tras el aumento de éstos en los últimos meses. Hontania se había convertido en el primer país de la OMS en número de suicidio por habitantes y eso difería de la versión oficial de un país prospero y un pueblo contento con la acción de su Gobierno.

Pum era una ciudad tan vigilada que el lugar idóneo para llevar a cabo la transacción era uno de gran aglomeración, si en cualquier lugar había cámaras entonces lo mejor era que esas cámaras y los ojos que había tras ellas tuvieran muchas personas en las que fijarse. Así que decidimos quedar en la recién inaugurada estación de Metro de Bieria. A la hora indicada, en el vagón acordado él me metió las pastillas y yo le di el sobre con el dinero. En la siguiente parada él se bajó y yo me quedé sentado en el vagón un par de paradas más pensando qué hacer. Ya tenía la solución a mis problemas, ahora sólo tenía que tomar la decisión de llevarla a la práctica.

Antes de tomarme aquellos medicamentos decidí dar un paseo por el Parque Ray, ahora renombrado por la revolución Parque de la Libertad, y recordar tantos y tantos momentos allí vividos. Mis primeros juegos de la mano de mi padre, mis primeras peleas por no aceptar una derrota al balón, mis primeros besos con aquellas primeras chicas, mis primeras carreras huyendo de los agentes de seguridad, mis primeros acordes con una guitarra, mis primeros desengaños, mis primeras borracheras, mis primeros intentos y fracasos, mis primeros últimos y por fin mi último momento. Todos ellos se me vinieron a la mente de golpe y no pude evitar que mi última lágrima fuera para todos y cada uno de ellos pues yo no era otra cosa que el resultado de todos ellos.

Me volví a subir al Metro para dirigirme a mi casa. A esa hora no había muchas personas pero quería soledad e intimidad por lo que me dirigí al final del andén donde nadie me molestara. Allí esperé pacientemente los cinco minutos que marcaba el letrero de la estación en una evasión total hasta que de pronto ...

- Oiga perdone, para ir a Gregory Manaron.

En aquel primer momento no había escuchado nada. No sé si aquella parejita de jóvenes llevaban mucho tiempo junto a mí y desde cuando estarían hablándome por lo que tuve que pedirles que me repitieran la pregunta.

- Sí, mire, queremos ir a “Músiclife” y nos han dicho que está en la estación de Gregory Manaron, pero es que no somos de Pum y bueno estamos un poco perdidos.

De repente frente a ellos volví a evadirme. “Musiclife” había sido el lugar donde hacía cuarenta años yo conocí a la música y donde años después di mi primer concierto haciéndome uno de los artistas invitados asiduos hasta que circunstancias de la vida lo alejan a uno de todo. Mirándolos me recordaba a mi y a tantos amigos que se quedaron por el camino. Con esos pelos largos, esas chaquetas vaqueras varias tallas más grandes, esa piel repleta de acné y esas guitarras al hombro me volvieron a venir buenos recuerdos de tiempos en los que no pensaba en suicidios sino en todo tipo de excesos que hoy día tal vez me habrían llevado a la muerte involuntariamente.



- La de Gregory Manaron no es la que mejor os viene. Ya veo que siguen dándola como referencia, como se nota que “El cejas” no ha tenido que subir nunca la cuestecita que hay desde la salida del Metro.
- ¿Usted sabe donde está el “Músiclife”?
- Si yo os contara.
- ¿Le importaría acompañarnos? Es que tenemos una prueba ahora y es en 35 minutos y si usted sabe cómo llegar rápidamente. Le invitamos a una caña luego.
- A una o a las que usted pida, jefe.

Metí la mano en el bolsillo para comprobar si allí seguían las pastillas. Las apreté con fuerza como si quisiera transmitirles que no me olvidaba de ellas, que seguían en mi mente aunque tal vez deberían esperar un par de horitas más hasta cumplir su función.

Aquella mañana acompañé a aquellos chicos al “Músiclife” y sin saber muy bien por qué decidieron hacerme su manager. Aquellos jodidos desconocidos habían conseguido darme un último aliento de vida en los que iban a ser mis últimos segundos de vida. El inicio de su nueva vida se unió con el final de una etapa de la mía. Y aquél día descubrí que a mi edad todavía podía aprender y sorprenderme.

2 comentarios:

niña noe.- dijo...

Qué relato intrigante; no sé si es alentador o inquietante...

Para mí, siempre hay un resquicio de luz incluso en la oscuridad más absoluta; es más, confío en que ese rayito de luz siempre ha de venir de nuestro propio interior... aunque, en ocasiones, muy contadas, alguien externo logra traerlo a nuestro ojos o a nuestro corazón. Un pequeño gesto, un paquetito de regalo, unas palabras de aliento, una sonrisa arrancada sin darnos cuenta y, ¡¡¡pum!!!... la luz entra a trompicones, pero lo inunda todo.

No creo que rendirse sea una opción, nunca. Eso es de cobardes, y nosotros pertenecemos a la raza de los valientes, de los que se cuestionan todo, de los que luchan por tocar el cielo con los ojos bien abiertos.

Avanzar, y jamás llegar: que nunca se nos acabe el camino, que nunca nos quedemos sin pasos que dar, que nunca se nos olviden las ganas de volar!!!!!!!!!!!!

Me aprieto, lo intento...
...volar es mi reto.

niña noe.- dijo...

vale que era largo.
vale que era bueno.
vale que logró, incluso, inquietarme.
vale que te quiero y tengo una paciencia de santa contigo, Adrián, pero...

¿¿dónde andas??