Tengo muy viva en mi mente la primera vez que acudí a un cine, tendría yo aproximadamente unos seis años y fui cogido de la mano de mis padres a mi estreno cinematográfico con bastante curiosidad porque todo el mundo me había advertido que iba a ser una experiencia increíble, mucho más embriagadora que la televisión. La película en cuestión fue Harry el sucio.
Aun guardo en mi memoria una frase de aquella película que quizá me marcó tanto que por ello hoy soy policía. La frase decía: “Cuando un hombre va corriendo desnudo por la calle, con un cuchillo en la mano y detrás de una mujer doy por hecho que no va pidiendo donativos para la Cruz Roja”. El cine está lleno de frases como ésta, o de sonidos, de imágenes, incluso para mí ha estado lleno de aromas y temperaturas.
A lo largo de estos años he querido ser pirata y embarcarme en largos viajes, he deseado ser un romano y presentar batalla a los enemigos del Imperio, he deseado besar con todas mis fuerzas a miles de mujeres y golpear con mis puños a los malos de la película, no he podido evitar mirar hacia atrás después de haber visto una de terror, o parar de reírme incluso caminando solo tras una buena comedia. El cine me ha llevado siempre hasta espacios sentimentales que jamás hubiese soñado y es por eso que todavía creo en el cine.
Sin embargo, hay algo que siempre he odiado de una película. Una parte de ella que para muchos es sinónimo de cinéfilo, para otros no es más que el final de una película, y para mí ha sido siempre el triste momento en el que he descubierto que todas las personas que había frente a mí no eran ni abogados, ni policías, ni princesas, ni piratas, ni fantasmas, etc, sino simplemente actrices y actores que con sus buenas artes nos embaucan haciéndonos creer que todo lo que están viendo nuestros ojos es cierto y provocando en nosotros una serie de sentimientos de tal pureza que le hacen a uno viajar fuera de sí.
Por eso desde hace varios años siempre le pido a Emilio, portero de mi cine de toda la vida, que me diga la última frase de la película y justo en ese momento cuando todavía no se ha hecho el fundido a negro es cuando me levanto de la butaca y de espaldas a la pantalla salgo lentamente de la sala indignado porque ahora las películas ni siquiera acaben con un FIN.
3 comentarios:
Adrián...
te necesito.
La vida, al fin y al cabo, es una película... a veces comedia, a veces drama... otras tragedia..
Pero, Adrián, ¿¿cómo tengo que decírtelo??
¿En inglés?
Vale, ahí va: I MISS U, I NEED U.
Por favor...
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