miércoles, septiembre 09, 2009

Entre las sangrientas humedades

Dos son siempre más que uno


La rapidez a la que latía mi corazón delataba el acto que acababa de cometer hacía escasos minutos. No todo había salido como yo había planeado y el trabajo se había multiplicado por dos, necesitando para ello el doble de tiempo y siendo también dobles las consecuencias que ello podría acarrearme. Tenía varias opciones, pero en ese momento lo inesperado de la situación dejó en evidencia mi falta de profesionalidad lo cual podía no solo suponer para mí el final como persona sino también la perdida de mi empleo.

¿por qué?, ¿por qué? ¡joder! – eran las únicas expresiones que se repetían una y otra vez en mi interior y las grandes culpables de que en aquellos momentos fuese incapaz de controlar la situación y pensar en qué estrategia debía tomar. Ni siquiera era capaz de pensar en una primera acción que me encarrilara hacia la estrategia. Pensé en llamar a Pulco, pero cómo podría explicarle lo que había sucedido. Sin duda él vendría hasta el lugar, estudiaría la situación, encontraría una fácil solución a todo y acabaría diciendo “ya le dije a Návhr que no estabas a la altura”. Y estoy completamente seguro que ellos sí tenían prevista esta situación y su solución tal vez sería darme un tiro en la cabeza y dejar las pruebas suficientes para que la policía creyese que aquello había sido parte de un intento de robo por mi parte que acabó con la muerte de aquellos cuerpos que en estos momentos yacían tumbados cara a cara en el suelo de la habitación.

Tal vez ellos estarían esperándome ahí fuera para certificar que había cumplido con mi cometido como esperaban o tal vez estaban esperándome ahí fuera para deshacerme de mi una vez que era yo quien me había manchado las manos de sangre por un crimen por encargo que en realidad ellos querían cometer.

No, Rodrigo, no puedes pensar así o entonces sí que vas a acabar relleno de balas o quizá descuartizado, en una bolsa y arrojado al fondo del mar. – me dije a mi mismo tratando de revertir aquella marea de pensamientos negativos que desde luego no aportaban nada en pro de la solución que tanto anhelaba. Pero entonces empecé a pensar que precisamente por no haber pensado mucho, por no haber sido especialmente sobresaliente en la resolución de conflictos es por lo que había acabado en el último eslabón de la cadena alimenticia de este mundo en el que me movía. Mi trabajo consistía en estar en un lugar a una hora y aniquilar a la persona de la foto. A veces podía seguir uno o dos días los movimientos de la persona a la que iba a asesinar pero era algo excepcional que últimamente no había hecho muchas veces.

El suelo estaba lleno de sangre, un enorme charco rojo que comenzaba a extenderse por toda la habitación y entonces comencé a pensar que quizá toda aquella sangre podría filtrarse por aquel suelo de madera y acabar convirtiendo el techo de los vecinos de abajo en una enorme humedad de sangre que en escasos minutos sería advertida a la policía. Con un poco de suerte los vecinos de abajo estarían durmiendo y no habrían escuchado el grito que se le escapó a la chica antes de que su cerebro fuese atravesado de lado a lado por una de las balas. Pero, ¿y si lo hubiesen escuchado todo?, ¿y si en estos momentos una patrulla de la policía se dirigía al apartamento? Cuando tu trabajo consiste en asesinar a personas eres consciente de que en algún momento puedes ser asesinado o peor aún atrapado por la policía. Estaba dispuesto a morir, pues de alguna forma ya hacía tiempo que estaba muerto, pero jamás permitiría que la policía me atraparan. Antes prefería suicidarme.

1 comentario:

niña noe.- dijo...

um...
adrián, ¿estás bien?