sábado, octubre 27, 2007

aloha

Arena, el mar y una cena de McDonald´s. Quizá lo último podría sobrar en una noche perfecta bajo un cielo que luchaba por ser estrellado entre tanta contaminación, pero no todas las noches estrelladas son iguales para todo el mundo. Mis veladas con mi brazo derecho son de lo más variopintas, desde un atardecer en una parada de autobús ecológica, pasando por una noche lluviosa por las calles de Madrid o una tarde futbolera sufriendo con mi Atleti.
Aquella noche fue especial, era una de tantas despedidas durante unas cuantas semanas de esta nueva etapa en la que ambos habíamos iniciado por vías distintas que nos llevan a un camino común. Aquella noche, como tantas otras, parecía que todo bailaba a nuestro ritmo, la vida se acomodaba a nuestra manera de ser, sentir, pensar, en definitiva, a nuestra manera de vivir y de ver este mundo.
Las luces de las cañas parecían indicar al mundo nuestra posición para que supieran que se encontraban cerca del territorio de los sueños en el que una fría patata frita con aceite proveniente de Royal Mc Donald sabe donde se convertía en un rico manjar, en el que la luz de un faro de ida y vuelta parecía indicarnos que sin saber muy bien hacia donde las nuestra irían por siempre unidas, en el que la música de un pub playero al estilo ibicenco ambientaba a una velada que ya tenía en el son del mar a la mejor melodía.
Los temas como las olas, como el viento, como la brillante luz de una lejana estrella surgían de manera natural, improvisada. Una risa nos llevaba a un llanto contenido en el que las sensaciones bailaban con la misma frescura que lo hace un niño. La palabra como instrumento de comunicación, sin deformaciones, sin limitaciones, sin estimulantes, clara y limpia.
El reloj marca la hora y la velada comienza a tocar a su fin. Se disuelve la arena, el mar, el viento y todo se convierte en una estructura de metal en la que la conversación se ve limitada por el espacio y las sensaciones de que el fin se acerca, que el espacio entre ambos va a aumentar, que una vez más la lejanía nos unirá pero no dejará de ser lejanía, espacio, unidades de una medida que impiden dar un beso cuando más lo necesitas, recibir una caricia cuando tu cuerpo siente el frío o escuchar una risa llena de vida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

adrián, te echo de menos...