Qué sencillo resulta decirlas una a una y cuanto cuesta a veces ordenarlas para que una tras otra formen palabrejas que entre sí quieran decir algo. Los diez minutos últimos que pasábamos juntos siempre se me hacían los más difíciles porque mi silencio me mataba y cuando era roto no era yo el que hablaba sino los impulsos cerebrales, algo así como la respiración o el latido de nuestro corazón que el cerebro se encarga de dirigir.
Es curioso cómo después de horas y horas de conversación sobre tantos y tantos temas, casi tantos como aquellas estrellas que nos observaban durante nuestros momentos, parece que se han agotado. Pero no es así, es simplemente que un extraño sentimiento te inunda y sientes que en unos minutos todo lo anterior ha sido como una de esas visitas que reciben los encarcelados, un bis a bis pero sin sexo. Es decir, un regalito que alguien te ha otorgado pero del que solo puedes disfrutar durante un máximo de horas.
Próxima estación Atocha RENFE/Chamartín – avisa esa voz que Metro de Madrid parece haber grabado para jodernos el último minuto en aquella caja de metal. “Última estación de vuestro finde, así que empezad a despediros y dejar de hablar de gilipolleces” debería decir esa voz. Pero nuestro cuerpo seguía reaccionando por impulsos y ,aun siendo muy conscientes de que aquella voz quería decir que estábamos a diez minutos de volver a separarnos, nosotros seguíamos actuando como si nos quedaran diez horas, diez días, diez semanas o diez vidas. Pero cada peldaño subido, cada impulso de las escaleras mecánicas avanzado, cada paso dado nos acercaba aún más a la barrera que marcaba la frontera entre nuestros mundos.
Un abrazo, un par de besos, alguna caricia, algún gesto, alguna frasecita o risa nerviosas y allí vas. No soy capaz de darte las gracias por haberme permitido disfrutar de dos o tres días de tu presencia. Entras al vagón y me doy la vuelta no soy capaz de ver marchar ese tren. El sol parece esconderse entre las nubes y todas mis sonrisas se convierten en lágrimas contenidas que nunca salen. Los principios siempre fueron los principios y una lágrima en público es una concesión que no me permitía a menudo.
Vuelvo a aquella caja de metal y ahora a penas oigo su voz. Me he vuelto a convertir en un robot que de manera automática sube y baja de los vagones, gira por los pasillos, asciende por las escaleras y que a penas observa a los que tiene a su alrededor.

Llego a casa y todos los colores se han marchado. Sus paredes vuelven a ser grises y la luz vuelve a no entrar por mi ventana. No tengo fuerzas para hacer nada y mi cuerpo se deja caer sobre la cama, rendido, exhausto, decaído. Y de repente allí estás tú convertida en aroma. Te siento entrar por mi nariz y recorres todo mi cuerpo. Abrazo la almohada como si fueses tú y cierro los ojos. Mañana será otro día y te habrás marchado pero aún queda mucho hoy y pienso disfrutarlo.
1 comentario:
Este relato se ha metido debajo de mi piel, y se mueve en un escalofrío de corriente continua, erizándome el vello... lo he leído como siete veces seguidas, incapaz de despegar mi mirada de las letras virtuales, siendo transportada a un momento muy sencillito de mi vida: un sms en un tren de vuelta a casa.
Tan sencillo como intenso, tan emotivo...
Sé que puede parecer que peco de protagonismo excesivo y egolátra, pero no es nada de eso; sólo es que la razón de ser del arte es hacer reaccionar... y he aquí, en mi alma, esa reacción.
Gracias, Adrián, por crear tanta belleza.
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