miércoles, junio 10, 2009

Un poco de un poquito

Cuatro horas y veintidós minutos de la tarde. Treinta y cinco grados a la sombra. Ningún rastro de sombra. Cualquier ser humano razonable estaría en estos momentos resguardado en casa pero a los ochenta y cuatro años poca gente llega con la cabeza muy cuerda y mi abuelo llevaba ya muchos años jugando a la locura. Y digo jugando porque, si bien ahora sí parecía mostrar claros síntomas de desorientación mental, durante muchos años había estado jugando con mi padre y conmigo al despiste.

Zahíra - ¿Abuelo seguro que la tumba de la abuela estaba por aquí? – le pregunté , entre mareos, intentando encontrar entre los dos el lugar al que nos dirigíamos antes de que un sofoco se lo llevara a él también.

Abuelo - Es que esto está muy cambiado, hija mía. ¿seguro que me has traído al cementerio que te he dicho? -

Zahíra - Abuelo, no hay otro cementerio. Es aquí, pero a lo mejor estás un poco desorientado porque imagino que en quince años habrá cambiado mucho -

Abuelo - Claro, estos hijos de puta han especulado hasta con los terrenos del cementerio. Podíamos vender mi parcela y con el dinero que nos dieran te podrías ir de viaje por ahí fuera, a donde tu quieras. Y así descansabas de nosotros. -

Zahíra - Abuelo, creo que va a ser mejor preguntarle a alguien de aquí para que nos indique. Aquí tendrá que haber como una especie de callejero -

Abuelo - Claro, y un cartero que te trae la correspondencia todos los días. ¡Qué cosas tienes Zaira! Eres igual que tu abuela que tenía cada cosa. Seguro que la muy jodida me está viendo y se está cambiando de tumba a tumba.

Mi abuelo y mi abuela nunca se llevaron muy bien, o eso decía mi madre. La verdad es que yo a penas tenía recuerdos de ella. De mi abuela quiero decir porque de mi madre los tenia aún demasiado recientes. Hacía solo 21 meses que había fallecido y cada día su figura estaba presente en mi vida, tanto que en más de una vez mi abuelo en su juego me llamaba Sandra.

Zahíra - Hola, buenos días. Mire vengo con mi abuelo que se ha empeñado en visitar la tumba de mi abuela y yo no recuerdo muy bien por dónde estaba y mi abuelo ya no recuerda. Y bueno, no sé si diciéndole el nombre de mi abuela, quizá usted podría ...

Chico - Sí, claro acompáñeme a la oficina y allí vemos.

La oficina a la que nos dirigimos era un pequeño zulo lleno de papeles en el que un viejo ordenador guardaba la lista con los nombres de todos los que habían descansado en aquel cementerio.

Chico - ... bueno, no están todos porque aún no me ha dado tiempo. Cuando entré aquí todo estaba en papeles y había un pequeño descontrol de las personas que estaban enterradas en las tumbas y las que no porque antes esto se llevaba de aquella manera.
Zahíra - ¿y cuantas personas hay?
Chico - Pues el cementerio en estos momentos tiene una capacidad de unas mil personas después de la última ampliación, pero ahora aproximadamente habrán unas seiscientas personas enterradas.
Zahíra - ¿y va bien el negocio?, o sea, joder cómo ha sonado eso, quiero decir ...

Ambos sonríen mientras sus ojos se cruzan una y otra vez en una conversación que para él era habitual pero que ella no habría pensado aquella mañana que podría tener. Y de hecho lo menos importante era el tema de la conversación sino el hecho de tenerla.

Chico - Tu cara me suena, ¿vives por aquí cerca?
Zahíra - Sí, soy de Montalbán.
Chico - Ya decía que me sonaba. Yo también, bueno yo ahora vivo aquí pero soy de allí.
Zahíra - ¿aquí?, ¿en el cementerio?
Chico - Sí, bueno, me ofrecieron trabajo y alojamiento aquí en el cementerio y bueno no estaba yo como para decir que no. Pero vaya que no es tanto como la gente piensa, que esos están muy muertos.

Por un momento el chico recuerda por qué está ella allí.

Chico - Perdona, lo siento es que a veces ...

Ella sonrie y posa su mano sobre él queriendo tranquilizarle.

Zahíra - No te preocupes, yo a veces también hablo de mis alumnos como si fueran ...
Chico - ¿Eres profesora? Yo siempre quise serlo, pero bueno las cosas de la vida.
Zahíra - Hablas como si tuvieras cuarenta años y tu los treinta tienes pinta de no haberlos cumplido aún.
Chico - Veintinueve años hago el mes que viene. Bueno, y ¿tu abuela?
Zahíra - ¿cómo?
Chico - Su nombre, ¿cómo se llamaba?
Zahíra - Ah, sí, perdona que me he puesto a hablar y ...
Chico - No, si hemos sido los dos, y la verdad es que se agradece. Porque todo el día aquí solo
Zahíra - ¿vives solo?
Chico - Sí, vivo solo y además bueno por aquí tampoco tengo un gran grupo de amigos. Y los que podría tener en breve se convertirían en trabajo así que casi prefiero no intimar mucho.
Zahíra - ¿no vas mucho por Montalbán?
Chico - No, lo justo. Ya sabes los amigos se han echado novia, o se han casado o han tenido hijos y llega un momento en el que no sabes muy bien qué haces entre aquella gente.
Zahíra - Te entiendo. Yo la verdad es que por allí tampoco salgo mucho porque bueno entre mi padre y mi abuelo que por cierto debe estar el pobre a punto de echarte la solicitud con la que está cayendo.


Ninguno de los dos pueden contener la risa y por unos minutos se olvidan de todo. Están allí frente a frente, en un lugar destartalado, rodeado de tumbas pero por un momento ambos sueñas que pasean por un prado verde y floreciente situado en mitad de un yacimiento arqueológico que relata las historias de antiguas civilizaciones. Los dos sienten cómo su corazón vuelve a bombear sangre por todo su cuerpo y cómo la vida quiere salir a borbotones en cada una de sus risas.


Chico - Entonces me has dicho Asunción, ¿verdad?
Zahíra - Sí, Hernández Jiménez

El chico la acompaña hasta el lugar exacto donde se encuentra la tumba de su abuela, muy cerca de aquella oficina, y se despiden.

Abuelo - Zahira, hija, ya estaba preocupado. ¿dónde te habías metido?
Zahira- Estaba buscando al cartero abuelo y lo he encontrado.
Abuelo - ¿Al cartero?, pero no ibas a buscar la tumba de tu abuela.
Zahira - Sí, pero es que el chico que me ha atendido no encontraba los datos de la abuela, así que me ha dicho que se va a encargar de buscarla y tendremos que volver mañana.

2 comentarios:

niña noe.- dijo...

Adrián, como siempre, tu vuelta me llena de nuevas emociones... despiertas en mí todo lo que estaba dormido, acaso creí que incluso muerto, y lo llenas de una nueva luz.

Has escrito de la demencia, de una vieja relación que no funcionaba, de una pérdida que ha marcado a la siguiente generación, de un cementerio... y, entre todo lo gris, has escrito sobre el amor.

O sobre algo parecido: la atracción, la ilusión que nos genera una persona nueva, esa chispita que salta en nuestro interior cuando conocemos a alguien que creemos distinto...

Has dibujado un jirón de color violeta rosado entre las nubes grises, ¿será un efecto óptico de esta niña con gafas oscuras?

tq. vuelve pronto...

niña noe.- dijo...

Adrián, querido soñador cubierto de escamas en letras:

Es posible que esta semana me aleje de manera física del "mundo"; estoy pensando en largarme a mi casita a pasar unos días tranquila, a intentar estudiar.

Hace tiempo que me quiero ir, pero siempre me acabo quedando. Es algo así como creer que justo cuando me vaya, empezará la actividad que mi mente necesita: el voluntariado, el trabajo universitario de mule, las quedadas con ciertas personas que llevo días (y semanas) esperando...

Pero creo que esta semana me la voy a tomar en plan noe, con mis inciensos y mis libros, allí en mi pisito, sin reloj ni calendario.

¿Que por qué te digo esto? Pues porque si apareces, no podré estar "aquí" para recibirte... aunque sea lo que más deseo en estos últimos tiempos: tener a mi lado a Adrián Calderón Bonnamour, con su sensibilidad, con su ternura, con su comprensión y su atención, con tus mimos, con tus palabras.

No es una despedida, sólo un intento de comunicarme contigo.

Un abrazo, amor.